Verdad Amarga

Las venas abiertas de Eduardo Galeano

Dos semanas después de su muerte, ahora que se esfuma aquella cortina densa —mezcla de incienso y sombra mediática— luego que los sacerdotes y diaconisas del “pensamiento único” han cerrado la oración fúnebre, es cuando al fin se presenta la ocasión para abordar a Eduardo Galeano. Periodista y panegirista consagrado para muchos, simple panfletista político para otros, pero sin duda alguna no indiferente ni menos polémico desde que en 1971 publicara Las venas abiertas de América Latina, obra que se consagró como un clásico, equivalente cercano a su biblia para la autodenominada “izquierda”, luego que Hugo Chávez regaló un ejemplar del mismo a Barack Obama durante la V Cumbre de las Américas en el 2009.

En dicha obra, el uruguayo vendía una visión muy limitada sobre la historia del Nuevo Mundo, como si fuera la historia de la explotación económica a la que atribuye una infinidad de abusos o atrasos desde la colonización europea hasta los años sesenta. 

Sin embargo, hoy nadie recuerda como es que el mismo autor, para sorpresa de muchos, a escasos meses de su muerte, llegó a renegar de su propia obra.

Este suceso mostró sin duda a un hombre reflexivo que al paso del tiempo y de los acontecimientos se vio obligado a reconocer sus errores, retractándose de haber profesado una postura “políticamente correcta” y por ende no menos errática y maniquea, llegando a referir que tenía 31 años y que carecía de la formación suficiente: “Intentó ser una obra de economía política, solo que yo no tenía la formación necesaria”. Y así, a más de cuarenta años de distancia, Galeano confesó que nunca sería capaz de volver la vista a las páginas del que fuera, irónicamente, su  libro más exitoso, aduciendo que: “No sería capaz de leerlo de nuevo.

Caería desmayado. Para mí, esa prosa de la izquierda tradicional es aburridísima.

Mi físico no aguantaría”. Irónicamente, no deja de llamar la atención como es que un libro que ya había sido plenamente referido en todas sus deficiencias desde la publicación del Manual del perfecto idiota latinoamericano en 1995, haya sobrevivido por la inercia y repetición de un sector politizado (falsamente ilustrado), más no por la fuerza de la razón, que es lo más lamentable.Sin embargo, engrandece sobremanera, y de esto no queda la menor duda, la enorme fibra moral e intelectual de Galeano al ser capaz de tan demoledora autocrítica (desmontando en vida su propio mito) en el rigor de la edad, cuando los vicios—por el paso de los años—suelen acentuarse más que las virtudes; cosa que sus lectores y corifeos no son capaces de hacer. 


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