Verdad Amarga

Un último tequila por Luis González de Alba (1942-2016)

Como la muerte suele ser mala palabra suele imponerse las más de las veces la necesidad de reparar en los últimos detalles como si toda una vida pudiera resumirse en corto, como si la brevedad de lo perenne fuera definitiva a la hora de abordar a una persona.

Sin embargo, este lugar común —mitad atolladero emocional por parte de quienes buscan esquivar el dolor de la ausencia— difícilmente aplicaría a toda una vida de dignidad y lucha como la de Luis González de Alba.

Uno de los pocos hombres de izquierda auténtica: dirigente del movimiento estudiantil universitario en 1968, sobreviviente de la matanza de Tlatelolco, huésped del Palacio negro de Lecumberri, miembro fundador de distintos partidos políticos, crítico incansable de las mafias políticas culturales tanto como del sistema político mexicano que las engendra y controversial por sus convicciones personales, González de Alba nos resultó entrañable desde antes  de la publicación de Los días y los años o de Las mentiras de mis maestros; sin duda el primer intento general de cuestionar el adoctrinamiento político, servil y envilecedor, desde los dogmas rancios de la Mentira Histórica Oficial por parte del Estado en el México del siglo XX.

Impulsor de la divulgación científica en un país como el nuestro, (que escatima en general cualquier apoyo a este tipo de iniciativas cuando no reduce en un 30% el presupuesto destinado a la investigación y la cultura) solía distinguirse, como pocos entre los muchos, desde su columna periodística donde lo mismo cuestionaba al sistema político mexicano y sus hordas de presupuestívoros —los que se venden como “intelectuales al servicio del Estado”— que censuraba la hipocresía y el victimismo criminal de quienes fingiéndose “redentores” u “oprimidos” solo buscan el beneficio propio y el desplazamiento de los empoderados de hoy para convertirse en los tiranuelos del mañana.

No extrañe pues que un 2 de Octubre, en vísperas del 50 aniversario de la masacre, Luis González de Alba tomara el último tequila sin saberlo; mejor para él: le habría resultado patético y nauseabundo ver como los nuevos opresores y los viejos corresponsables se apoderan de esta fecha; no para evitar que el crimen se repita, sino para hacer de la misma su propia justificación y realce: Descanse en paz.


enrique.sada@hotmail.com