Verdad Amarga

La “traición a la patria” como escape

Cuando se abordan los hechos del pasado, desde la óptica de la Historia como ciencia, se procura ante todo—por lo menos en teoría—la imparcialidad y la búsqueda de evidencias que se presten para la evaluación del tema, caso, tópico, periodo o personaje que se va a estudiar. Pese a ello, existen temas y momentos que seguirán provocando ámpula o controversia puesto que no se encuentran agotados o debido a que quienes los vivieron de cerca aún respiran entre el fragor que es propio de todo apasionamiento, como cuando se aborda desde la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín. No obstante, aún en este terreno que se presenta la más de las veces como un campo minado, hay voces pensantes profesionales que buscarán con aplomo desembarazarse de prejuicios o de líneas, aportando y apostándole a la difusión del conocimiento sin necesidad de amafiarse ni comprometerse con intereses políticos. Al menos esta es la tendencia en los países tanto como en las instituciones que se precian de ser civilizadas. Sin embargo, tal parece que en nuestro país al igual que en otras partes del mundo, la búsqueda de la verdad se vuelve odiosa o simplemente muy comprometedora para la clase gobernante, y la historia se pervierte hasta convertirse en una herramienta de adoctrinamiento (en vez de educación)  donde los hechos, cuando no se ocultan, se pervierten o trastocan por completo hasta llegar al extremo de imponer lo malo como “bueno” y la virtud como “vicio”.En este mismo tenor, sorprendió sin duda a muchos mexicanos tanto la iniciativa de querer quitar el nombre de Victoriano Huerta a varias escuelas públicas, de educación media y primaria, como el simple hecho de saber que había centros de enseñanza que ostentaban esta denominación en varios estados del país.Tal parece que con esta medida por parte de quienes se supone nos representan en el Senado de la República es que estos buscan curarse en salud polemizando, removiendo las aguas del pasado, para justificar su aprobación de las reformas, en lo que nos venden como un “ajuste de cuentas” contra uno de los personajes más nefandos del siglo XX mexicano, pero no menos dañino que todos los que le han sucedido: el caso de Huerta por su traición golpista no deja duda en cuanto a su villanía, hasta el grado de llamarle “usurpador” incluso, como asesino de Madero y títere del embajador Henry Lane Wilson. Sin embargo, aunque nos pese, basta recordar que el oriundo de Colotlán asumió el poder de manera legal aunque ilegítima, lo mismo que Carranza y todos los que han ocupado la presidencia hasta le fecha.La cuestión en sí radica no solo en la muy poca o nula calidad moral de quienes emprendieron esta iniciativa sino en todos los personajes similares que aún usurpan el santoral patriotero sin que los presentes se den por aludidos ni por ofendidos, tal como sucediera con los mismos senadores que el año pasado tuvieron el mal tino y el peor gusto de poner en letras de oro en el Congreso a un “revolucionario”, uno más, que ostentaba entre sus gracias desde el genocidio en San Pedro de la Cueva (Sonora) hasta el haber aplaudido a Estados Unidos por invadir México y cañonear al pueblo de Veracruz en 1914. 


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