Verdad Amarga

La texanización ucraniana

Al borde de nuestros asientos, casi con la misma sensación que en una sala de cine mientras observamos el desarrollo de un drama o película de acción, Europa y el resto del mundo quedábamos pendientes del mismo hilo cuando el premier ruso Vladimir Putin ofrecía conferencia de prensa, anunciando la anexión de Crimea como  territorio de su federación.
Como era de anticiparse, las reacciones no se hicieron esperar según el caso: por una  parte, quienes celebraban eufóricos esta nueva configuración sobre el tablero de la geopolítica; por la otra, quienes observaban recelosos, sin saber a ciencia cierta a qué atenerse, pensando en la Canciller Angela Merckel y el Parlamento Europeo en Estrasburgo; y por último, quienes no dejaron de mostrar su insatisfacción, entre el enfado y la derrota, como es el caso del inquilino de la Casa Blanca y su desangelado Secretario de Estado.
Y como suele suceder, las reacciones sobrevinieron a modo de coletazos por parte del actual gobierno estadounidense, cuando Obama se aprestó para firmar un decreto en donde prohibía tajantemente la entrada, así como la recuperación de ciertos activos económicos depositados ahí, a siete funcionarios y parlamentarios rusos al igual que a los dirigentes políticos de Crimea…nada más.
Así pues, en esta ocasión no hubo invasión trasatlántica, ni despliegue de tropas o de cascos azules, ni bombardeos desde portaviones sobre una nación indefensa ni ejecuciones televisadas por CNN y festinadas por Obama y los miembros de su gabinete, como hicieron el día que les transmitieron la muerte de Osama bin Laden hace casi cuatro años. Solo el silencio es el que  hoy se hace presente por las avenidas principales en Washington, en tanto un rictus de amargura se pinta—con tendencia a convertirse en permanente —sobre esa máscara multiforme que es el rostro de uno de los peores presidentes desde Richard Nixon. Si la frustración y la impotencia se reduce a una serie de bravatas retóricas como aludir a “violaciones al derecho internacional”, desde la nación de las barras y las estrellas, será acaso porque habrán olvidado, convenientemente, que ellos hicieron lo mismo cuando en 1835 los filibusteros norteamericanos, dirigidos por su gobierno—en contubernio con mexicanos serviles e inescrupulosos como Lorenzo de Zavala y el vicepresidente Valentín Gómez Farías—comprometían  separar Texas (y Yucatán incluso) ante la Logia Anfictiónica de Nueva Orleans, a cambio de tierras y beneficios económicos.
Pese a la derrota de Santa Anna en 1836,  forzado en cautiverio a la firma de los Tratados de Velazco—donde reconocía la independencia texana—México se negó  a validar el despojo de esta provincia que solo  aceleró su anexión a  Estados Unidos cuando nuestro país firmó un tratado con Gran Bretaña, penalizando el tráfico de esclavos en las costas.
Sin embargo, este símil histórico es superado moralmente gracias al 97% de los votos emitidos en Crimea a favor de su reunificación con Rusia, tomando en cuenta la presencia continua que este país ha sostenido ahí desde 1793, cosa que, para rabieta de Obama, los Estados Unidos no pueden referir por igual respecto al “estado de la estrella solitaria”.


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