Verdad Amarga

La suma de todos los miedos

En medio de los estertores de la Segunda Guerra Mundial, Sir Winston Churchill solía preguntarse: “Puedes tomar al más galante de los marineros, al más intrépido de los pilotos y al más audaz de entre todos los soldados, juntándolos a compartir la misma mesa ¿Y qué es lo que  se obtiene al hacerlo? La suma de todos sus miedos”. Palabras más, palabras menos, la misma pregunta podemos plantearnos hoy en términos muy similares: si tomamos al más apto de los funcionarios públicos, al más diestro de los militares, al mejor de los periodistas (o acaso al más audaz de entre las cabezas de las redes sociales) para reunirlos en un mismo aeropuerto—en este caso, en Inglaterra—mirando en vivo las últimas masacres en Irak, mientras el ex primer ministro Tony Blair reaparece convocando una nueva intervención militar en ese país, el resultado no podría ser otro si no el mismo. Cuando Tom Clancy publicó La suma de todos los miedos, inspirado en el mismo epígrafe de Churchill, lo hizo pensando en todas las amenazas que confluían en el imaginario internacional tanto como en su país, tras la caída del muro de Berlín; concretamente, la de una guerra o explosión nuclear en suelo estadounidense debido a la suma de las fuerzas y el odio de todos los enemigos que la nación de las barras y las estrellas ha acumulado a lo largo de los años igual que puntos o millas  en una aerolínea: desde neonazis multimillonarios, “progres” resentidos por el derrumbe de la Cortina de Hierro, separatistas ególatras, y fundamentalistas musulmanes. En este caso, la forma extraña en que alguien como Blair, a quien entre los servicios de inteligencia internacionales solía referírsele como “el tonto útil de Bush,”—cuando éste se sumó irresponsablemente a la invasión de lo que fue la antigua cuna de la civilización occidental en su momento— parecía suficiente como para disuadirlo de cualquier aparición en medios al concluir su mandato. Sin embargo, el miedo de Blair parece obedecer en esta ocasión no solo al afán por justificarse ante la historia sino por las consecuencias que él mismo trajo a su país y sobre otros.Es cierto que mucho ha cambiado desde la invasión del 2003, más no para bien; a diferencia del prototipo del terrorista del IRA o ETA, los fundamentalistas musulmanes se “actualizaron” reclutando a individuos de otra clase: académicos, estudiantes de posgrado y profesionistas como agentes durmientes en Inglaterra, España, Francia, la costa oeste de  Estados Unidos y la frontera norte de México,—según informes del Servicio de Inteligencia Británico— hecho que nos remite al polémico último discurso de la Dama Eliza Manningham-Buller, Directora General del MI5 (Inteligencia Militar del Interior), quien sentenciaba en 2007: “El enemigo no está solo en nuestra puerta electrónica, está en casa”, como referencia indirecta a los dos millones de musulmanes en Gran Bretaña.Y a una semana de lo acontecido, queda claro que quienes dirigen el tablero de la guerra desde la última década lo han hecho tan mal al apostarle a las ojivas más que a la reconfiguración cultural e intelectual en Medio Oriente, convirtiéndonos a todos en blanco terrorista, sin prever las consecuencias. 


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