Verdad Amarga

Yo populista

Mientras las redes sociales y los autonombrados medios de izquierda hacían sorna de la respuesta que Obama espetaba a Peña Nieto frente a las cámaras, criticando el populismo mientras Obama se asumía como populista, pocos repararon en que al presidente de México, conforme a su afirmación rigurosa, le asistía la  razón, en tanto Obama brindó una definición demagógica y muy limitada de lo que implica el término.

No cabe duda que nadie en sus cinco sentidos  y  un dedo de frente querría asumirse como tal, y mucho menos como político y jefe de Estado. Sin embargo, hay que admitir que si en el devenir histórico latinoamericano se sabe perfectamente que es el populismo es porque se  le conoce demasiado bien.

Ejemplos de ello los encontramos en cierta medida en la figura Juan Domingo Perón y Lázaro Cárdenas. En el primero, fruto del amago de los Estados Unidos por intervenir en su país, financiando a su contrincante político a través del Embajador Braden; y en el segundo, en el sentido opuesto, tratándose de  alguien que utilizaba el poder para instaurar culto a su imagen, fingiendo actos de reivindicación popular que le venían palomeados desde Washington, a través del Embajador Daniels.

Ahora bien, aunque el populismo en sí no califica como ideología si admite como identificación una serie de rasgos, tales como la consagración de una sola figura o líder quien, ya desde la trinchera electoral o desde el poder, se asume como el único representante de la voluntad soberana, afirmando que es el pueblo quien se expresa a través de él(al hacer su voluntad o la de la camarilla a la que en realidad representa);  el uso de un discurso maniqueo donde se sataniza a quienes disienten u opinan lo contrario; la farsa de defender a los  más vulnerables y desposeídos, que sirven como carne de cañón o mera excusa por medio de la cual el líder termina en realidad suplantándolos y, sobre todo,  la constante exhibición mediática; no para clarificar o dar respuestas claras (el populista no admite interlocutores) sino para hacer de la televisión o la tribuna un medio para  justificación y realce de su persona, desplazando a las instituciones para ocupar su lugar.

Hasta aquí la definición dentro del contexto del desaguisado aparente entre Obama y Peña Nieto.

Sin embargo, conforme a lo anterior,  lo increíble y deplorable  en este caso es que la razón en rigor le asiste a ambos: al  presidente mexicano definiendo el populismo como el querer “eliminar, o destruir lo que se ha construido…recurriendo a la demagogia”; y al presidente norteamericano, como defraudador de conciencias, al asumirse como tal.


enrique.sada@hotmail.com