Verdad Amarga

¡No pasarán!

Como uno de sus últimos logros, por no decir que entre los muy cuestionables aciertos en lo que va de la administración, el Gobierno Federal vino a anunciar, justamente tras la visita del presidente Barack Obama a nuestro país, nada menos que la captura de uno de los hombres más buscados de los últimos tiempos en México y en el mundo: al sinaloense Joaquín Archibaldo Guzmán Loera,  “El Chapo Guzmán”, tras sorprendente despliegue operativo justo cuando nadie apostaba por su captura, o cuando incluso se especulaba que este personaje se hallaba en el extranjero, con varias líneas de investigación que iban desde lo más recóndito de la Sierra Madre Occidental, en el estado de Durango, hasta la Patagonia; desde Punta del Este y el Mar Caribe hasta países de Europa septentrional, tales como Suecia y Noruega.
Sin embargo, para sorpresa de muchos, tal parece que el personaje que había desaparecido hace dos sexenios como inquilino permanente del legendario penal de Puente Grande, Jalisco, no se hallaba oculto en las entrañas de la selva ni fue encontrado, como archivillano de película, apoltronado dentro de un búnker en la cima de los Alpes suizos sino en la ciudad de Mazatlán, Sinaloa; esto es, en un sitio turístico por excelencia—hecho que hubiera pasado difícilmente desapercibido para muchos en  esa entidad—dentro del mismo estado del cual es oriundo.
De lo anterior, más allá de la perorata autolaudatoria y los exabruptos del Procurador Murillo Karam por las manifestaciones de apoyo a este capo, se infiere que este acontecimiento conlleva automáticamente a una reconfiguración del tablero geopolítico en cuanto a la influencia de los cárteles se refiere.
Sin embargo, esta noticia que no nos beneficia en nada sigue cubriendo portadas mientras los grupos de autodefensa en Michoacán, al mando de Mireles y del padre Goyo, se encuentran en la idílica ciudad de Pátzcuaro (a 50 kilómetros de Morelia) en tanto el delegado federal por la Secretaría de Seguridad Pública arremete contra estos últimos, advirtiendo, casi amenazando, con el legendario grito de “¡No pasarán!”, evocando sin duda el estado propio de Madrid bajo asedio durante la Guerra Civil Española.
No hay modo de inferir si el funcionario en cuestión es hijo de españoles refugiados o si su vasta cultura y conocimientos lo ubican muy por encima del promedio de quienes conforman la nómina del Gobierno de la República; sin embargo, lo llamativo aquí no es el parafraseo de una vieja consigna altamente politizada por parte de quienes se autoproclaman de izquierda—y aún viven anclados en la década de los treintas —sino el temor, muy palpable, que este delegado le profesa más a un grupo de ciudadanos armados, en legítima defensa de sus derechos, que al crimen organizado.


enrique.sada@hotmail.com