Verdad Amarga

La era de la orfandad

Cuando Samuel Ramos escribió El perfil del hombre y la cultura en México hace ochenta años, presentaba ante los ojos del mundo la realidad que como hombre de su tiempo, y bastión de ideas, le parecía de sumo necesario: el resaltar el ideario de la identidad nacional ante lo que él consideraba un momento crucial en la vida del país con respecto a lo que sucedía tanto en sus entrañas como en su entorno general.

Lo crucial en este caso para el intelectual mexicano y para todo una generación de hombres-institución como lo serían después Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco y otros tantos, no era otra cosa que la posibilidad que entreveía ese gran mexicano e hispanista como José Vasconcelos, una vez apagados los estertores de la Revolución Mexicana: esto es, el amago de lo exterior o la posibilidad de que todo aquello que hemos configurado plenamente como elementos propios o característicos de nuestra identidad terminaran cediendo o desdibujándose ante la muy sonante influencia de los internacionalismos que durante el siglo anterior dejaron huella con letra y sangre, esta última las más de las veces, por  la polarización que como faro ideológico representaron el comunismo y el nacional-socialismo.

Se temía que una vez silenciada la voz de los cañones y el batir de las bayonetas en una serie de interminables querellas internas, el mexicano como tal se encontraría tan extenuado por el fragor de las guerras intestinas que fácilmente cedería a convertirse en un eslabón más dentro de una cadena larga de hombres y mujeres que, resignados ante el fatalismo, doblarían la cerviz gustosos, abandonando todo rasgo de su personalidad y su memoria histórica, con tal de buscar en el credo pasajero y mundano del pragmatismo político acaso una seguridad base sobre la cual deconstruirse, ajenos a su origen; esto es, que renunciarían a la riqueza inigualable de su herencia multicentenaria a cambio de un plato de lentejas.

Sin embargo, ese temor muy legítimo a la disolución social o a la amnesia identitaria más atroz, para fortuna nuestra, nunca llegó a verificarse como tal en el siglo XIX ni en el tempestuoso siglo XX, y lo que nuestros grandes intelectuales vislumbraban temerosos como el principio del fin de la era de los estados soberanos y las identidades nacionales (ante la amenaza de las ideologías, con todo y sus regímenes totalitarios) de algún modo nos viene a la memoria hoy que contemplamos lo impensable: la más absoluta orfandad estamental y moral, como el equivalente más cercano a un “suceso eje” en nuestros días. 


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