Verdad Amarga

La noche de Poniatowska

Sonriente, vestida de merengue albirojo—no sabemos aún si de tehuana, tzeltal, tzotzil o en solidaridad con las camareras de Sanborn's, a quienes se obliga a vestir como piñata—acudió Elena Poniatowska a recibir el máximo galardón que se confiere en el mundo de las letras hispánicas: el Premio Cervantes 2014.

Posando para las cámaras, su verdadera vocación y oficio desde los sesentas, la galardonada profirió un discurso que sin duda hubiera pasado desapercibido en un mitin político, como los que acostumbra oficiar en el Zócalo de la muy noble y leal Ciudad de México. Sin embargo, medir la ignorancia propia fuera de un país como el nuestro, donde a las palabras se las lleva el viento o la barredora automática a la mañana siguiente, no fue solo audaz sino suicida por parte de la misma, que en su perorata tragicómica no solo escribió su epitafio,(ante cualquier público medianamente inteligente) contribuyendo a barrenar cualquier rastro de prestigio que alguna vez tuviera dicho galardón.

Acostumbrada a vivir al amparo de la mafia política, aquella que se autonombra “cultural” a la hora de repartirse plazas o doctorados como juguetes de caja de cereal o botín de piratas, la “Poni” llega a la recta final con la más grande de sus usurpaciones, más un historial lleno de piruetas, pirotecnia, impunidad y bajezas, al amparo eterno del poder en turno. No contenta con plagiar y despedir de La Jornada a Luís González de Alba(a través de Carlos Monsiváis) por sus señalamientos sobre “La noche de Tlatelolco”, de haber secundado una campaña como “Echeverría o el fascismo” en los setentas,—para el mismo genocida del 68 y del Jueves de Corpus en el 71—además de su entrañable relación con el Salinato (también con Monsiváis) prosiguió invicta en su gatopardismo como producto del sistema político mexicano, publicando obra pueril y de mala calidad, con una sintaxis propia de un albañil (queja común de quienes tenían/tienen que corregirle textos en cierto diario “por órdenes de arriba”). Y todos pensamos que había llegado al clímax del cinismo cuando concursó, en una categoría para escritores jóvenes, por el Premio Alfaguara 2001, llevándose los 100 mil dólares correspondientes en circunstancias muy turbias: con una pésima obra, bajo un pseudónimo que la hubiera descalificado ipso facto en cualquier certamen decente y con un título original espantoso que más parecía remitir a la matrícula de un ruletero o camión de mudanzas.

Sin embargo, la ignorancia es osada cuando la acompaña la malicia, como vimos para deshonra de México y del castellano, cuando la indiciada exhibió su barbarie en torno al “Fénix mexicano” (Sor Juana) y las indígenas chiapanecas, a quienes atribuye su liberación de los usos y costumbres “desde 1994”,(cosa que no es cierto) en un arenga demagógica que se pretendía feminista.

Sin duda fue la noche de Poniatowska; una noche cuyas sombras reflejan no solo la orfandad intelectual de quienes la aplauden como producto, sino también la certeza, porque sucede, que aún falta lo peor por venir cuando en una sociedad como la nuestra vemos, como advirtiera "Demócrito, que “todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo”.


enrique.sada@hotmail.com