Verdad Amarga

Del “nazi bueno” a la viuda alegre

Aún y cuando pudiera entenderse como una provocación para el común de la gente, la sola mención de un “buen nazi” no puede menos resaltar como una en nuestros días. Palabras más, palabras menos, lo mismo sucedió cuando Hannah Arendt—la afamada filósofa judío-alemana—llevó a la prensa aquella obra que terminaría por consagrarla como una de las más grandes pensadoras del siglo XX: Eichmann en Jerusalem. El libro en sí no es más que un análisis enfocado a lo que la autora bien tuvo definir como “la banalización del mal” a partir de la farsa de juicio llevada a cabo luego que agentes de la Mossad secuestraron al burócrata que organizó el traslado de todos los judíos de Europa hacia lo que sigue considerándose como paradigma de la barbarie (Auschwitz) bajo el régimen Nacional-Socialista.Cabe señalar que este proceso llamó la atención del mundo entero en su momento, no solo por tratarse de una de las pocos figuras que lograron evadirse del espectáculo que fueron los “Juicios de Nüremberg” (donde faltaron Stalin, Harris y Truman) sino también debido a que fue transmitido varias veces por televisión. Aún y cuando la propia pensadora nunca llegó al extremo de eximir a Eichmann, causó polémica debido a que señaló valerosamente como lo que se mostraba ante los espectadores no era ni el monstruo sádico que el fiscal y el aparato israelí pretendía vender, ni mucho menos la encarnación del demonio sino una caricatura hipertrofiada para satisfacer las miras de un grupo de facinerosos tan reprobables como el hombre al que habían sentado de cara ante la opinión pública, sin posibilidad equivalente de defenderse, en el banquillo de los acusados; es decir, una expresión banalizada del Mal. Si en nuestros días este axioma no deja de sonar desafiante, partiendo del lugar común hollywoodense de la lucha de “buenos contra malos”, en vez de una competencia entre los malos y los peores, es fácil imaginar como las palabras de Arendt fueron recibidas por sus contemporáneos.Desafortunadamente, y en el marco del 70 aniversario de la liberación de Auschwitz, no dejan de ser chocantes—en el extremo opuesto al de la filósofa de Hannover—los dislates de Elena Poniatowska, quien como suma sacerdotisa de una mafia política “cultural” llega al extremo de equiparar a los 43 desaparecidos de Ayotzinapa con el millón y medio de víctimas que se imputan al célebre campo de exterminio: la misma que abrazaba a Echeverría o cobraba bajo Salinas de Gortari se emboza bajo la careta del victimismo angelical autoproclamándose como “la viuda de todas las tragedias” en México.  


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