Verdad Amarga

De los mitos que nos dieron nada

A título de gratitud para quienes me felicitaron por el anterior artículo y para precisión de quien me abordó desde su perplejidad, retomaré el caso del insurgente Morelos con motivo del acontecer en Michoacán y  mi  visita esta semana al Castillo de Chapultepec donde noté una gran estatua en bronce de dicho personaje con gesto cruel y actitud amenazadora ante un grupo de niños que lo miraban con espanto. Dicho monumento fuera de lugar (no atino relación espacio-tiempo entre el caudillo y Chapultepec) fue iniciativa del presidente anterior quien, como referimos, tuvo el mal gusto  inmortalizarse en un óleo de Carbonell, a costo de casi un millón de pesos al erario público, junto a una efigie de su paisano.
La ignorancia da valor en casos como este, pues el intento de homologarse por parte del anterior mandatario terminó siendo, sin proponérselo, tan desafortunado como certero: heredero de una insurgencia fallida que no buscaba independencia alguna en sus inicios, Morelos asoló el Bajío y parte de la costa con las mismas tropelías que caracterizaron al cabecilla Hidalgo en 1810:secuestros, saqueos, violaciones, talas y asesinatos de soldados tanto como de la población civil. Entre sus actitudes despóticas, además de exigir trato  de rey, del cual se quejaban Cos y Bustamante, el “siervo de la Nación” solía ponerse de buen humor leyendo los informes detallados que a solicitud personal le enviaban sus sicarios “Los Pachones” y Vicente Gómez “El capador” sobre como torturaban a sus víctimas –el  mismo Bustamante lo confiesa—y   hasta celebraba, tras la toma de Oaxaca, en El Correo del Sur  el 4 de abril de 1812, el apoyo de los “generosos angloamericanos” aún y cuando vinieran a sojuzgarnos “con tal de vernos libres del despotismo español”. Esta bravata carecería de importancia si en efecto no hubiera tenido de fondo la oferta y entrega del norte al gobierno de Washington, como él mismo recordaba en correspondencia privada a su mariscal Ignacio Ayala el 17 de febrero desde Yanhuitlán: “...como cuando comisioné para los Estados Unidos al inglés David con Tavares. En cuyo apuro les cedía la provincia de Tejas”. Y al final, tras su aprehensión y condena, traicionó la misma causa que suponía defender en un principio al referir a Calleja todos los sitios para capturar a sus compañeros de partido el 22 de noviembre de 1815.
Triste y trágico es que un pueblo se honre en el mito o la mentira, pero resulta imperdonable que un jefe de Estado, con posibilidades de asesoramiento y obligación de saber, se envanezca en ello sin reparar en el peligro o el ridículo cuando se incurre en ciertas evocaciones históricas.


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