Verdad Amarga

Cinco de mayo: mito y realidad

Con el triunfo de la armada norteamericana en Antón Lizardo a favor de Juárez, interviniendo en una guerra civil entre mexicanos, gracias a la firma de un tratado en donde se les entregaba nuestra soberanía, la facción “liberal” fue impuesta  en la capital en 1859.
Sin embargo, tras el frenesí del saqueo al erario y demás bienes “desamortizados” por los vencedores, la Nación acabó en la bancarrota y el régimen terminó suspendiendo los pagos de su deuda externa. Esto ocasionó naturalmente que las naciones afectadas—Francia, Inglaterra y España— se unieran para reclamar lo propio, proyectando intervenir en México para el año de 1862.
Sin embargo, la ocasión ofreció a su vez llegar más lejos, a tal grado que Napoleón III aprovechó el inminente estallido de la Guerra Civil norteamericana para emprender su más ambicioso proyecto: restablecer el prestigio de la raza latina en el Nuevo Mundo y salvar a México, imponiendo un dique al expansionismo voraz de los Estados Unidos.
En este contexto inició el desembarco en Veracruz con el Conde de Lorencez a la cabeza, quien marchó hacia el interior del país sin  hallar obstáculo. La razón era muy simple: el grueso de los mexicanos veía con natural desconfianza a la facción liberal por ser hechura del gobierno de Washington, amén de sus intentos de entrega de territorio (con el Tratado Mclane-Ocampo) a  quienes doce años antes nos habían arrebatado más de medio México. Y el colmo para muchos fue el Tratado Corwin-Doblado, ratificado en abril de ese año, donde Juárez entregaba todos los terrenos baldíos del país junto con los estados del norte (Chihuahua, Sonora, California, Sinaloa, Durango y Coahuila) pagaderos a seis años ante el recién electo y no menos expansionista Abraham Lincoln.
La resistencia en Puebla tomó por sorpresa a un Lorencez que mal armado, y esperando recibir flores en vez de balas, fue a la postre relevado por el Mariscal Forey quien no solo ganó la batalla perdida sino también la guerra, en tanto Juárez y los suyos hacían lo de costumbre: huir al norte y buscar su sostén, a cualquier precio, bajo el pabellón de las barras y las estrellas.
Poco o nada, como hemos visto, hay en festejar una batalla cuando se pierde una guerra por falta de apoyo popular o por repudio nacional, como es el caso. De aquí que si algo queda claro de este episodio histórico, pese al  escozor de quienes viven de la nómina de la Mentira Oficial y otros deudos de Elba Esther, es una lección tan triste como vigente para los mexicanos de ayer y hoy: ambos bandos habían perdido la fe en sí mismos, al grado de solicitar una intervención extranjera para dirimir sus propias diferencias.


enrique.sada@hotmail.com