Verdad Amarga

Tan lejos de Dios o el karma de vivir al norte

Si en algo los mexicanos nos encontramos herederos, cuando no simplemente atados como rehenes de nuestro pasado, es a la hora de echar una ojeada a lo que ha sido nuestra historia más o menos reciente. Una vez logrado este ejercicio de resistencia, la sensación de vértigo que se nos presenta no puede menos que remitirnos a una constante: de todo lo pretérito solo conservamos los vicios o nos aferramos a lo peor, excluyendo cualquier saldo favorable; sea este institucional, cultural, social o hasta genético. Así pues, ostentamos vivir bajo un régimen federal pero centralizado; en una república que funciona de manera absolutista, igual que si viviéramos bajo el mando de un déspota argelino; bajo un sistema representativo que en los hechos se sostiene de espaldas del pueblo y como defensor de los intereses de las oligarquías, que operan en el escenario nacional con la misma futilidad con que se juega al Turista o sobre un tablero de ajedrez: con piezas humanas y “daños colaterales”, parafraseando al régimen anterior.
En este mismo tenor no extraña que las distancias que nos separan del centro o el aislacionismo como política (más que política, como doctrina) ejercido por parte de las capitales de los estados respecto a las principales ciudades de las cuales se alimentan, haya degenerado en una concentración de prosperidad y cotos de poder donde el detonante del desarrollo económico es solo para unos cuantos, en detrimento de la mayoría de los habitantes de cada entidad federativa al norte del Trópico de Cáncer; esto es, desde Zacatecas hasta las márgenes del Río Bravo. Sin embargo, la guerra fallida del estado contra el crimen organizado vino a cambiar el panorama en lo que respecta a la redistribución de la inseguridad, de modo que el flagelo y la muerte que antes azotaban solo a Fresnillo, Río Grande, Gómez Palacio, Cadereyta o Torreón ha venido a tocar la puerta y cobrarle la factura a las soberbias capitales de provincia como Saltillo, Zacatecas, Monterrey, Durango o Chihuahua.
Y así, dentro de lo que bien puede considerarse el marco teórico en donde se ensaya la tesis de un Estado debilitado por sus propios vicios es en donde la pluma de Carlos Velázquez viene a brindarnos, mordaz y valiente, la crónica testimonial de una realidad que solo puede ser concebida tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos, como relata en “El karma de vivir al norte”—obra publicada por Conaculta y Editorial Sexto Piso—presentada con éxito en el marco de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara.
Sin duda uno de los mejores libros del 2013, digno de convertirse en un clásico y sucesor de “México insurgente” de John Reed a la hora de brindarnos una fotografía completa de lo que otrora fuera una de las regiones más prometedoras y prósperas del país: ahora convertida en sombra por la delincuencia, el desgobierno, el abandono rulfiano y la pugna entre cárteles donde el Porfiriato uniera el Ferrocarril Central con el Internacional; justo en los puntos donde federales y revolucionarios se apoltronaron(la historia se repite) para la toma de Torreón en 1914, y donde el crimen organizado ha establecido sus cotos de control hasta la fecha.



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