Verdad Amarga

El invierno del patriarca

“No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura”.

George Orwell, 1984.



Si algo debemos acaso a la llamada, y sobrevalorada,”revolución mexicana” además de días de asueto y treinta años de retroceso, fue el encumbramiento de una nueva clase política que vino a suplir a la aristocracia porfiriana en todos sus supuestos vicios, más nunca en sus aciertos: la burguesía revolucionaria (1920-1930).

Fue en este decenio que el empoderamiento de los caudillos más viles y sanguinarios—desde los autoproclamados “jefes máximos” hasta los “defensores de la soberanía y los derechos del pueblo”—manejados por el embajador norteamericano en turno, consolidó su permanencia ad perpetuam a través de la farsa democrática, por medio de partidos políticos. 

Digno heredero de esta realidad fue que hizo aparición en la vida pública el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.

Acostumbrado a creer que el poder es privilegio de una casta, inició su carrera nacional cuando el partido oficial no favoreció sus ambiciones presidenciales, dividiendo a la oposición en perjuicio de la alternancia y del único candidato de oposición verdadera en 1988: Manuel Clouthier. Se le recuerda desde entonces, tras la “caída del sistema”, por sus reuniones de café con Carlos Salinas de Gortari mientras los demócratas protestaban contra el fraude electoral. 

En premio a su disciplinamiento, se le facilitó la fundación—como patriarca —del Partido de la Revolución Democrática en 1990, mientras los indisciplinados como el Maquío desaparecían en “misteriosos accidentes”, franqueándole el paso como jefe de gobierno del Distrito Federal en 1997 para seguir detentando el mando supremo como líder moral de la llamada izquierda.

Desde entonces se le conoce por su incapacidad natural para enmendar errores o declinar en favor de causas superiores, como hizo tras su negativa a formar alianza con Vicente Fox, evitando un gobierno de coalición que consolidara el avance democrático del país, permitiendo manos libres a un partido corrompido y  a un presidente irresponsable.

Eclipsado por López Obrador y mascullando su antipatía natural, siguió viviendo de lo que el presupuesto y la herencia le dejaron, ajeno a la realidad histórica del país, aún cuando las circunstancias le exigían ser un gran hombre.Hoy que el invierno toca a su puerta, reaparece para lavarse las manos ante los crímenes que la “izquierda” de su hechura cometió como gobierno en Iguala, renunciando al partido que fundó; esto es, cuando nada podía esperarse de él. 


enrique.sada@hotmail.com