Verdad Amarga

El invierno del patriarca

“No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución;se hace la revolución para establecer una dictadura”.


George Orwell, 1984. 



Si algo debemos acaso a la así llamada, y sobrevalorada, ”revolución mexicana” además de días de asueto y cerca de treinta años de retroceso en materia económica, institucional y soberanía, como atinadamente señalara Macario Schettino en su obra Cien años de confusión fue el encumbramiento de una nueva clase política que vino a suplir a la aristocracia porfiriana en todos sus supuestos vicios, más nunca en alguno de sus aciertos: la burguesía revolucionaria.Y esta burguesía revolucionaria lo abarcó todo, como bien tipificara Manuel Gómez Morín—uno de los pocos intelectuales, creador de instituciones y legado permanente,  que sin proponérselo brindo “el primer movimiento social del siglo XX”— en la década de los años treintas. Hablamos del momento en que el humo y la sangre dejaron de brotar a torrentes, justo cuando los frutos de esta gesta que para algunos aún se antoja “heroica”, se esperaban con ahínco después de más de un millón de muertes y de que el gran edificio social construido a lo largo de más de tres décadas de orden, progreso, dignidad nacional y soberanía íntegra, ya había sido consumido por las llamas del odio fratricida y la intervención de potencias extranjeras que utilizaban al país como laboratorio para ensayos o tablero de ajedrez para lo que sería la Primera Guerra Mundial. Fue en este decenio que el empoderamiento de los caudillos más viles y sanguinarios—desde los autoproclamados “jefes máximos” hasta los “defensores de la soberanía y los derechos del pueblo”—siempre manejados por el Embajador norteamericano en turno, consolidaban su permanencia ad perpetuam, a través de la institucionalización de la farsa democrática por medio del establecimiento de partidos políticos. Y así, digno heredero de este movimiento así como hijo y beneficiario directo de esta realidad fue que hizo aparición en la vida política el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzono. Nacido entre los padres de futuros gobernadores, embajadores y secretarios de estado; acostumbrado a creer que el poder es usufructo exclusivo(y excluyente) de una casta política, dió inicio a su carrera política a nivel nacional por motivo de un berrinche cuando la Nomenclatura del partido oficial no le favoreció en sus aspiraciones presidenciales, dividiendo a la oposición política en perjuicio de una posible alternancia así como del único candidato de oposición verdadera en 1988: Manuel Clouthier. Se le recuerda desde entonces, tras la famosa “caída del sistema”, por sus reuniones de café con Carlos Salinas de Gortari mientras demócratas y ciudadanos protestaban enérgicamente contra el fraude electoral. Y en premio a su disciplinamiento, se le facilitó la fundación —como patriarca —del Partido de la Revolución Democrática en 1990, mientras los indisciplinados como el Maquío desaparecían o eran asesinados en “misteriosos accidentes”. La muerte de verdaderos n opositores le franqueó el paso como jefe de gobierno del Distrito Federal en 1997 para seguir detentando el mando supremo y exclusivo como líder moral de la llamada izquierda, bajo el mote de “el ingeniero Cárdenas”.También se le reconoce por su incapacidad natural para reconocer errores o declinar en favor de causas superiores, como hizo tras su negativa a formar alianza con Vicente Fox(a quien incluso trató de descarrilar en contubernio con sus viejos compañeros de partido) rumbo a las elecciones del 2000, evitando un gobierno de coalición que consolidara el avance democrático del país, permitiéndole manos libres a un partido corrompido por el poder y  aun presidente irresponsable.Eclipsado por López Obrador, hechura de sus manos, rumbo a las elecciones del 2006 y mascullando su antipatía natural, siguió viviendo de lo que el presupuesto y la herencia le franquearon, ajeno a la realidad histórica del país, como el hombre pequeño que siempre fue, aún y cuando las circunstancias del país le exigían ser un hombre grande. Hoy que el invierno toca a su puerta, reaparece solo para lavarse las manos ante los crímenes que la “izquierda” de su hechura acometiera como gobierno en Iguala, anunciando su renuncia como patriarca del partido que fundara: acaso el único caso en que ha sido congruente consigo mismo, y cuando poco había de esperarse de él, como un hombre que trascendió precisamente por haberlo hecho todo para sí mismo, y como alguien que nunca hizo nada por su patria. 


enrique.sada@hotmail.com