Verdad Amarga

La farsa en la tragedia

Todo parecía 1939. El cielo de la noche se cubría de luces mientras durante el día se elevaban enormes columnas de humo que aplastaban edificios y opacaban al sol. No era una oleada de estrellas errantes, ni polvo de planetas moribundos, sino la muerte que caía desde lo alto. El blitzkrieg había iniciado la misma semana en que terminaba por disputarse el Mundial en Brasil, sin una declaración de guerra que dispusiera a la opinión pública ni a los organismos internacionales correspondientes. Como el ladrón que se introduce en una casa, justo a la mitad de la noche, fue que todo empezó a  suceder, pero ante la vista de todos y en cámara lenta, del mismo modo en que se fraguan todas las tragedias; como si una mano invisible detuviera el tiempo, solo por instantes, para después convertirse en un  puño de hierro que aplastó, lleno de ira, a los más débiles.  Recordamos la invasión alemana de Polonia, aquella que empezó (también en pleno verano) por la disputa del corredor de Danzig (ahora es la franja de Gaza) y diera inicio a la Segunda Guerra Mundial.  En esa lucha se enfrentaron nada menos que el recién modernizado ejército de la mayor potencia industrial europea—las fuerzas armadas del Tercer Reich— contra las fuerzas del ejército polaco, sin duda mucho más reducido, y se mostró ante los ojos del mundo nada menos que una nueva forma de ganar batallas sobre cualquier posible enemigo; esto es, la famosa táctica conocida desde entonces bajo el sobrenombre de “guerra relámpago”. Y así fue como las divisiones  Panzer se convirtieron a su vez en la vanguardia en la historia del combate militar, disponiéndose de las mismas para este efecto, que combinadas con el arrojo de los bombarderos Stuka sembraron el terror y la muerte sobre el campo enemigo. Sin embargo, bien cabe señalar que muy contrario a lo que comúnmente se ha creído, el ejército polaco no estaba tan atrasado como se nos vende, pues su parque de carros de combate era incluso mucho mayor que el del ejército norteamericano en aquél entonces, y en tal grado que su empecinada defensa brindó a las fuerzas alemanas bastantes descalabros, ocasionándole una serie de bajas considerablemente altas para lo que se consideraba como una campaña demasiado breve en aquél entonces: hace más de siete décadas. No obstante, hace más de siete días que lo que se presentaba ante las cámaras es por mucho muy distinto puesto que a diferencia de Israel, en Palestina no hay ejércitos de mar y tierra, ni fuerzas aéreas que puedan equilibrar esta masacre donde las víctimas son enteramente civiles, y los agresores un ejército de asesinos sin conciencia, que avanzan sin el freno de los cascos azules o de nación alguna que se oponga a las pretensiones etnólatras de quienes se ocultan, todavía, bajo la vieja careta del victimismo angelical. Mientras en Francia el presidente Hollande,—digno heredero de aquel Miterrand que protegía a terroristas y desprotegía a sus víctimas— prohíbe las manifestaciones públicas contra la masacre en Palestina, el pueblo francés sale a las calles y desobedece al presidente, retomando aquella bandera que hizo propia durante el siglo XIX: como defensor de los derechos sagrados de la Humanidad. 


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