Verdad Amarga

De evocaciones histriónicas

Desde tiempos inmemoriales, por no decir prácticamente que desde antes de nuestros primeros años de vida como nación independiente, los ideólogos y la clase política dominante se han dedicado con muy particular empeño en recurrir al pasado (por el pasado bien podemos abarcar desde lo más remoto hasta aquellos acontecimientos más o menos recientes) ya para intentar justificar su proceder en lo presente, ya para intentar imponer homogeneidad en aras de prevalecer hegemónicamente o incluso para justificar lo injustificable. Y esta tendencia sigue siendo un mandato obligatorio del cual, al parecer, no escapan ni los gobernantes ni los gobernados; como si se tratara de una especie de Ley tan mayúscula e inexorable como la fuerza de gravedad misma. Lo anterior puede constatarse al momento de erigirse enormes hemiciclos, develar lustrosas placas sobre las principales avenidas y bulevares, e incluso también puede verificarse cuando se convoca desde las escuelas a los niños, al profesorado y el estudiantado en general para que logren alistarse todos los lunes por la mañana para emprender sacrificios no menos penosos que pueden ir desde obligarles a recitar desde luengas declamaciones poéticas que rayan en el absurdo y la cursilería hasta el permanecer como estatuas por espacio de una hora bajo la incandescencia del sol saliente, a riesgo de padecer algún desmayo o descalabro por deshidratación. Por desgracia para todos, estas manifestaciones no son garante de que se esté cumpliendo con un deber sagrado o con alguna obligación ciudadana a cabalidad, ni mucho menos se demuestra  una pizca de patriotismo auténtico al tiempo de verificarse los ya referidos ensayos de parafernalia como los tradicionales del 15 de septiembre (en que se celebra una Independencia que se dio en otra fecha, gracias a la iniciativa de un  Héroe muy distante a los que públicamente se atribuye), los desfiles cívico-militares del 20 de noviembre —de donde conmemoramos una guerra fratricida (con cerca de un millón de muertos y 30 años de retroceso) cuyos frutos brillaron por su ausencia durante todo un siglo—y hasta la exaltación con tribuna, instituciones y avenidas a un personaje oscuro el 21 de marzo, a quien equivocadamente, a la par de hechos tanto como de virtudes que nunca tuvo, se le adjudica para adorno en letras de oro, una frase que en realidad pertenece nada menos que a Immanuel Kant, tomada como préstamo forzoso de su obra  La paz perpetua. En contraparte, lo interesante sería que en vez de seguir perpetuando el desconocimiento, encumbrando el error o sacralizando la mentira como dogma desde el discurso oficial, nos avocáramos al establecimiento de un auténtico patriotismo que se tradujera en acciones concretas tanto como de costumbres cívicas que nos honren a todos (vivos y muertos) por la Verdad que yace de fondo y por la sinceridad de quienes día con día —por el trabajo honesto a la par que del ejemplo constante— logren formar hombres e instituciones que superarán en el tiempo y el espacio a todos los bronces, hemiciclos, pasquines, mausoleos, oropel, tinta y palabrería. 


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