Verdad Amarga

Yo espío

Por su amistad generosa, para Mohamed Nicolás Franco.


El escándalo suscitado en torno al espionaje perpetrado por Obama en contra de sus homólogos resultó tan sorprendente como poco revelador; sorprendente para quienes como mandatarios de los treinta y cinco países que jamás se lo esperaban de un hombre, uno de los suyos, que asumió la presidencia de los Estados Unidos proclamando una nueva era de diálogo, paz y entendimiento que, tras sacudirse el desprestigio propio de la administración Bush, se vendía como humanista y progresista. Lo anterior, a tal grado que hasta la Academia Sueca tragó el anzuelo, otorgándole nada menos que el premio Nobel de la Paz sin haber hecho nada para merecerlo y dos semanas antes de ordenar el despliegue de tropas para invadir Afganistán. Sin lugar a dudas, y aquí lo subrayo, para sus homólogos, el saberse espiados nada menos que por la temible Agencia de Seguridad Nacional (la NSA, dotada con ocho veces más presupuesto que la CIA) tanto en sus correos electrónicos como en sus conversaciones privadas les resultó una sorpresa harto desagradable por parte del hombre que aún se esconde tras un falso discurso pacifista: el que empezó proclamando el cierre de Guantánamo—hace más de seis años—y que hoy, con las manos en la masa, terminó parafraseando a Sócrates con un poco creíble, y no menos cómico, “Yo solo sé que no sé nada”. Las reacciones como era natural, tampoco se hicieron esperar y fueron muy de acuerdo en tono tanto con la personalidad de las víctimas (los jefes de estado) así como del posicionamiento que les es propio dentro del mapa global: una airada Angela Merkel quien, haciendo uso de la praxis típica de los germanos cuando intentan contener su indignación, respondió severamente “esto no se hace entre amigos”; Dilma Rouseff, la premier brasileña, simplemente canceló su visita de trabajo programada en Washington para el mes de noviembre; Mariano Rajoy como jefe de gobierno, un poco más tibio, evadió comentarios directos pero censuró públicamente al exigirle una explicación al embajador yanqui en España; Francois Hollande fue otro que se sumó a los más indignados al espetarle por teléfono a Obama que no debe haber espionaje entre aliados; y otro que tampoco podía permanecer callado(pero lo hizo en su momento) fue el expresidente Felipe Calderón, quien exigió a la Secretaría de Relaciones Exteriores hacer un reclamo enérgico al gobierno de Washington…desde su cuenta de Twitter. Quien permanece en silencio, sin dar la cara, es el presidente Peña Nieto con la resignación de que poco o nada puede hacer quien tanto le debe al inquilino de la Casa Blanca como intendente de su colonia, protectorado o traspatio más cercano. 



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