Verdad Amarga

Del discurso político como escapismo

Tal parece que solo en nuestro país, en lo que aún queda de él,  la necesidad de inventarse una causa para exigirle peras al olmo o cobrar las perlas de la Virgen nos viene por partida doble: como moda desde tiempos virreinales, y como herencia de una clase política corrupta y acomodaticia que desde antes de que la idea de la emancipación absoluta de España fuera vista siquiera como aceptable, ya se frotaba las manos con la misma avidez del malhechor cuando se prepara  a cometer un atraco cuyo golpe calcula como factible para proporcionarle un cuantioso botín.
Primer ejemplo de ello lo encontramos en los pasquines y libelos escritos por dos de los personajes más nefastos e inútiles de esta primera época, tales como fray Servando Teresa de Mier o Carlos María de Bustamante: petulantes, intrigosos, egoístas, codiciosos y falsearios, se aprestaban vivamente para esbozar una serie de filípicas en donde, fuera de todo contexto verídico, enaltecían una monolítica identidad prehispánica a la que contraponían los supuestos horrores y barbaridades cometidas por los “malvados conquistadores” en contra de los “buenos salvajes,”(soltándole la rienda a la exageración más atroz) al más puro estilo rousseauniano. Muy conforme con sus intereses, utilizaban el recuerdo de aquella época (1521) para adaptarlo a lo que acontecía en los primeros años del siglo XIX, equiparando a las primeras insurrecciones fallidas—que ni siquiera se proponían en un principio proyecto de nación alguna, más allá de la rapiña y el bandolerismo— con los “manes de Moctezuma y de Cuauhtémoc”. Cabe señalar que en este caso, el hecho de retomar las figuras de dos caciques pertenecientes a un pequeño territorio del valle del Anáhuac, desde un Virreinato que se extendía hasta Centroamérica por el sur y que en el norte tocaba fronteras con Rusia, no se hacía para reivindicar ni a los indígenas de la Conquista ni mucho menos a los de la época de la Independencia más que como figura retórica redituable: esto es, por parte de una minoría ambiciosa que solo buscaba aprovecharse de aquél estado de cosas, lucrando en favor de sí mismos para agenciarse privilegios, y no en defensa de algún derecho vulnerado.
Hoy por hoy nos encontramos por hordas con los mismos herederos de aquella verborrea amañada en la voz de quienes se rasgan las vestiduras ante el fantasma de la palabra reforma (aunque más que reformas, sean remiendos), evocando a una estela de personajes del santoral patriotero “revolucionario”, a quienes si conocieran a cabalidad terminarían desenterrando de sus mármoles para ofrecerles con justicia el mismo trato que a la pierna de Santa Anna.
De aquí que a falta de ideas, de elementos constructores, de proyectos viables a largo plazo y de razones cabales para deshacerse de toda una serie de excusas para no crecer, la construcción del discurso político en México ha venido ser lo único que se ha mantenido constante a la hora de enfrentar la realidad. ¿Y cómo es que se puede enfrentar la realidad desde el discurso? Muy simple; construyendo un andamiaje en torno al momento, no como un camino que acorte distancias sino como un puente que pase por encima de la misma, evadiéndola.


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