Verdad Amarga

El diablo en las instituciones

Entre la suma de eventos que acapararon la atención de los medios durante la semana, muy poco hubo de eco en lo que terminó siendo un aniversario sumamente desangelado, el 101 para ser precisos, de la “Marcha de la Lealtad”; misma que conmemora cuando el presidente Francisco I. Madero fue escoltado por el Ejército Mexicano ante la actitud levantisca y artera de los miembros de la Escuela de aspirantes. La importancia de este evento radica en que marcará el inicio de lo que a la postre será conocida  como la “Decena trágica”: los diez días en los que logró sostenerse en Palacio Nacional antes que la traición terminara con la libertad y la vida del presidente, o más aún; el inicio del Via Crucis que culminará con el asesinato del “Apóstol de la democracia” y en consecuencia, el principio de una nueva crucifixión en la figura del pueblo mexicano por parte de esa turba de fariseos y saduceos que encabezarán posteriormente “la revolución triunfante”, con todo y partidocracia, hasta la fecha.
Desde entonces, esta partidocracia, como herencia netamente revolucionaria, muy lejos de ofrecer al pueblo la posibilidad de elecciones transparentes o el consuelo de una legítima representación, ha derivado en México nada menos que en un concepto de gobierno o poder político contradictorio, tal y como el que denunciaba con singular atención el recientemente fallecido Robert Dahl en su obra “On democracy”, nada menos que como una Poliarquía; es decir, un régimen que le pertenece tan solo a unos cuantos. De una manera directa, Dahl solía hermanar por completo este concepto, retomado de la “Ética a Nicómaco” de Aristóteles, no con las tradicionales formas de gobierno verticales (como suele atribuirse por prejuicio tanto a la aristocracia como a la monarquía) sino con la Democracia representativa en sí, haciendo por su parte un recuento histórico de lo que se supone que es la Democracia desde sus orígenes grecolatinos, la razón por la que sus propios autores terminaron por desecharla como forma viable de gobierno—una vez que se percataron del germen inherente que conlleva la descomposición de la misma, cuando  termina convirtiéndose en Demagogia—y toda una larga serie de ensayos más o menos infructuosos a lo largo de la Historia de la humanidad, en donde esta forma de dirigir a las naciones ha encontrado, pese a todo, nichos tanto de éxito como de fracaso.
En este mismo tenor, el caso mexicano se presenta como un experimento destinado al fracaso tras el arribo de la alternancia política—en el año 2000— en vez de una transición que permitiera la reforma del estado tal como los tiempos demandaban. Y es a esta descomposición de la representación popular a la que le debemos los engendros propios de esta poliarquía, compuesta por defraudadores de conciencias, tales como el panista Jorge Luís Preciado (convirtiendo el Senado de la República en salón de fiestas) o el de la perredista Iris Vianey Mendoza (híbrido entre narco-cuota y meretriz) y sobre todos los anteriores, el eterno suspirante a la presidencia como el culmen de la hilaridad en este caso: el que mandaba al diablo las instituciones, presentando una denuncia por traición a la Patria contra Peña Nieto…ante Murillo Karam.

enrique.sada@hotmail.com