Verdad Amarga

Los deslices del poder

Bajo el signo de antiguos paradigmas, el mando supremo de los pueblos, la instauración de un régimen estamental y la conducción de un estado nacional solían ser responsabilidades tan grandes como de sumo delicadas; a tal grado que quienes las desempeñaban independientemente de los medios por los que estos accedieran al mismo, ya fuera por elección popular o hasta en el caso de quien se viera obligado en su momento a tomar la estafeta de estos asuntos debido a lo imperante de la necesidad misma,(ante la falta de un liderazgo o cuando la supervivencia así lo exige) solían ser individuos que poseían al menos uno de los siguientes atributos para distinguirlos de entre el común de los hombres: una gran capacidad previamente comprobada, o la suficiente sapiencia como para desempeñar al frente del timonel.Sin embargo, tras la supuesta democratización de los estados nacionales, concretamente a partir de la segunda mitad del siglo XIX, este paradigma terminó cediendo para abrirle paso a nuevas modas—con todo el sentido de lo efímero que esta palabra conlleva— en donde el ejercicio del poder político y la administración pública en general terminarían por popularizarse tanto como autodegradarse, franqueándole el acceso a cualquier persona sin importar su origen (hecho exclusivamente positivo acaso dentro de esta tendencia) pero sin preocuparse por autentificar tampoco su capacidad intelectual ni su desempeño moral a la hora de tomar las riendas o de tener que asumir la representación nacional en los momentos más oscuros.Ejemplos claros de estos últimos los seguimos padeciendo los ciudadanos en cualquier latitud o hasta en países que se presumen civilizados. En la Argentina por ejemplo, ya va  más de una década de ejercicio cuestionable e ininterrumpido del poder por parte de la dinastía de los Kirchner, caso atípico que de no ser por las reminiscencias históricas que evoca en este país, teniendo a Evita y Juan Domingo Perón como antecedentes, nada tendría de malo. No obstante, lo cuestionable aquí no radica en la detención del bastón presidencial  como objeto compartido o heredado, ni siquiera en la muy prolongada estancia por parte de quien permanece sentada e inmutable en el mismo sillón desde la Casa Rosada, sino en sus magros o nulos resultados al frente acompañados de una serie de derroches además de una serie de corruptelas y acusaciones de peculado por parte de Cristina como presidenta.Y lo mismo sucede al norte del Río Bravo donde la reelección presidencial en alguien tan cuestionable por lo erráticas de sus políticas públicas,—desde el proteccionista “Buy american” y Obamacare hasta la Crisis de los niños migrantes en Texas— su fracaso en materia económica, al igual que por su espíritu farisaicamente belicista y vejatorio de los más elementales derechos humanos, mismos que por ideología se suponía iba a defender desde su primer mandato, solo demuestra el hastío del norteamericano común ante una realidad que hasta hoy se le presenta quizá como insospechable: el agotamiento de un sistema político global que en el discurso ofrece a todos  “la tierra prometida”, pero en los hechos solo termina en una ciénega. 


enrique.sada@hotmail.com