Verdad Amarga

Los otros cuarenta y tantos: la masacre de Acteal a 17 años de distancia

Cuando Juan Rulfo esbozaba el primer capítulo de lo que después sería su novela, a falta de un título, optó por simplemente encabezarla como Los Murmullos. La trama iniciaba en primera persona con la narración de un hombre en un pueblo fantasma, como último sobreviviente, abandonado en su vejez, a espera que al caer la noche le atormenten las sombras de quienes llegaron a habitar el sitio del cual él fue cacique; concretamente, las almas de aquellos a los que en vida precipitó hacia su propia muerte. Y este bosquejo de lo que a la postre terminaría siendo Pedro Páramo me vino a la memoria diecisiete años después de la masacre de Acteal y a doce años que fungí como observador de Derechos Humanos en Chiapas, dentro de lo que eufemísticamente solía referirse como “zonas de conflicto” para no enunciarlas como lo que eran: zonas de guerra. El olvido aún huele a pólvora y la tierra humedecida se renueva ahora que se conmemoran más de tres lustros (casi veinte años) desde que San Pedro y San Pablo Chenalhó se cubrieron de luto la mañana en que un grupo de sicarios protestantes, a instancia de caciques locales identificados con el partido gobernante, abriera fuego con ametralladoras sobre 45 indígenas—entre hombres, mujeres y niños—mientras estos celebraban misa. Lo más indignante dentro del drama fue la cobardía premeditada del atentado pues, a diferencia de los llamados zapatistas o los gobiernistas ARIC, ”Las abejas” de Acteal eran una comunidad autónoma no beligerante, e incapaz de repeler el ataque. Y así, quienes como creyentes esperaban la proximidad de la Navidad en 1997 se vieron obligados a regar con llanto la tierra que compartían y sepultar a sus muertos en una misma cripta. Si el abandono habitual del gobierno del Estado no era suficiente daño, las políticas criminales del presidente Zedillo (importando transnacionales y sectas norteamericanas para generar división entre las comunidades que ancestralmente compartían la misma fe, usos y costumbres) terminaron fermentando el caldo de cultivo que culminó en una matanza que a 17 años de distancia se sigue perpetrando: no solo por la continuidad de las mismas políticas públicas de marginación sino también por la impunidad que, hasta la fecha, perdura respecto a los autores intelectuales de este crimen de estado.Sí Ayotzinapa es para muchos el eco de un pasado no distante en 2015, Acteal sigue siendo una herida abierta en la dignidad y la memoria; más aún cuando nos topamos con que el responsable de aquella tragedia, como Secretario de Gobernación en aquél entonces, sigue siendo premiado en este sexenio como Secretario de Educación Pública, desempeñándose con la misma irresponsabilidad e indolencia. Pero lo peor de todo, es que al paso del tiempo vemos como el agravio persiste—y vivirá en nuestra consciencia como una ofensa nacional—en tanto los indígenas en Chiapas sigan siendo rehenes de dos miserables bandos: por una parte, por quienes los miran como coto electoral o un blanco fácil para practicar el tiro al blanco; y por la otra, por los que embozados bajo la careta angelical de “redentores”, solo los usan como carne de cañón para intereses bastardos.  


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