Verdad Amarga

¿Y en dónde está el crecimiento?

Recorriendo Londres, lo mismo en pie que en carro, uno puede cruzar de un lado al otro del Támesis y percibir con vivas luces muy distintas huellas del pasado, sitios en donde se percibe desde la “mano invisible” de Adam Smith como la muy visible garra de los políticos whigs y tories cuando uno repara en el hacinamiento y la desigualdad en que algunos suburbios cayeron bajo la sombra de Margaret Thatcher.


Y es que si por algo se le recuerda todavía, a dos años de su muerte y más de tres décadas de su ascenso como Primer Ministro y primera dama en alcanzar esa posición en el Reino Unido, no es por el supuesto paradigma roto en cuestión de equidad de género—patentando que las mujeres pueden ser igual de malas que los hombres para gobernar—sino por los saldos de su ejercicio. De hecho, varios estudios recientes han demostrado que sus políticas públicas, de privatización, de regulaciones ligeras y de baja a los impuestos sobre ingresos fracasaron por completo en su propósito: aumentar el crecimiento económico.


Según análisis realizados por la Universidad de Cambridge en torno al desarrollo general en Gran Bretaña, tomando como parteaguas las décadas previas y posteriores a 1979, las medidas liberales implementadas por la “Dama de Hierro” dejan mucho que desear, y a tal grado que todas ellas incrementaron el desempleo y la desigualdad social. Y más aún: contrario a la opinión generalizada, el Producto Interno Bruto tanto como la producción en sí crecieron con mayor lentitud que en décadas previas a ese mismo año, escatimando los beneficios que se esperaban tras la instauración de las medidas referidas.


Solo un aspecto de las medidas posteriores a 1979 vino a detonar crecimiento acaso, pero con los efectos nocivos que se vinieron a percibir durante la crisis financiera, tras un boom de créditos hipotecarios: enorme pero insostenible (igual que a los norteamericanos con Clinton y George W.Bush) a partir del 2008, seguido de una crisis bancaria y de la peor recesión en más de cien años para los británicos, pasando de un estable 2.6% de crecimiento a un 2.2% en 1980, y llegando hasta la pérdida gradual del 0.2% al año desde el 2007.


Lo anterior ha hecho que los ingleses no solo miren hacia una más amplia gama de modelos o formas de capitalismo; también les ha llevado a replantearse seriamente cuan conveniente y funcional resulta la democracia como receta universal en materia económica y los efectos nocivos de abdicar esta responsabilidad en personajes carismáticos o parvadas populistas (como Tsipras en Grecia o Podemos en España)  por igual.


enrique.sada@hotmail.com