Verdad Amarga

Un cacique llamado Octavio Paz

Las muertes y los festejos suelen tocar a las situaciones y a los individuos casi siempre por los extremos; elevándolos a la categoría de semidioses o abultando su hagiografía, lo mismo cuando se aborda a una figura pública con la consabida frase, típica de los velorios, como el “¡Qué bueno era, y tan lleno de vida!” que cuando el difunto en cuestión no es más que un simple ciudadano de  pie.
Como era de esperarse, lo mismo sucedería cuando autoridades culturales, funcionarios, burócratas y quienes se autodenominan intelectuales confluyeran—como en efecto lo hicieron—para  caravanearse con el eterno sombrero ajeno, celebrando nada menos que el Centenario del nacimiento de nuestro único Premio Nobel de Literatura: Octavio Paz.
Sin embargo, más allá de la cascada de lugares comunes en donde los no conocedores se vuelcan a las librerías para comprar El laberinto de la soledad, Ladera este, La llama doble o una reedición de Las palabras del árbol de Elena Poniatowska, muy poco se toca al hombre más allá del personaje que, como toda obra de ficción, no es más que una construcción permanente por parte de quien fuera el hombre en vida y, ya después, por quienes han sido directa o indirectamente sus beneficiarios.
Mucho se habla de sus supuestas aportaciones cuando se cita El laberinto de la soledad como gran libro mientras se ignora que no es más que otra versión de El perfil del hombre y la cultura en México de Samuel Ramos, a quien Paz omitió referir siquiera para brindarle crédito; o Las trampas de la fe, obra plagada de errores históricos tanto como de prejuicios, que muy lejos de esbozar a Sor Juana Inés de la Cruz, la distorsiona incluso.
Siendo la mezquindad actitud propia de todo cacique, gracias a su eterno compadrazgo con el gobierno, el poeta solía regodearse de decidir a quién publicar, a quien becar y a quien vetar,—según sus intereses o desafectos—razón por la que en corrillo solía decirse como broma, desde los sesentas, que “En México la literatura descansa en Paz”. Y lo anterior suele omitirse para remitirse al supuesto acto de valor con el que intentó venderse como un gran humanista; cuando se refiere que renunció como embajador en la India en protesta por la masacre de Tlatelolco, siendo que no fue así: una cosa es renunciar (de golpe, tajante, tomando maletas y dejando los motivos por escrito antes de partir) y otra muy distinta es ponerse a disposición de la Secretaría de Relaciones Exteriores, que fue lo que en verdad hizo.
Otro detalle conocido en torno a Paz es que solo consentía un segundo lugar después de Octavio Paz, razón por la cual nunca dejó de manifestar, como obsesión incluso, su inquina contra un sencillo y taciturno Juan Rulfo por el hecho de ser el culmen de la literatura mexicana y el autor más traducido en el mundo (después de la Biblia y el Quijote) con tan solo tres obras publicadas.
Así pues, sumamente sobrevalorado, como lo definiera el también Nobel de Literatura Seamus Heaney, el autor de Piedra de Sol viene ser conmemorado oficialmente, de manera por demás oportunista, y desde el más surrealista de los escenarios: en un país de no lectores y en un sexenio en donde, hasta el momento, poco o nada hay que celebrar.


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