Verdad Amarga

Del caballito de Carlos IV o la barbarie a galope

Asentada firmemente sobre sus bases y la solidez propia de su estructura, mudo testigo de los últimos tiempos del dominio de ultramar sobre la Nueva España, resignada figura ante la proclamación y la jura de la Independencia del Imperio Mexicano—discretamente cubierta en aquel momento tras un improvisado catafalco—por Iturbide en el antiguo zócalo, la estatua ecuestre de Carlos IV logró sobreponerse a los más intempestuosos movimientos políticos que se sucedieron a lo largo de la incipiente nación; desde sus más prometedores inicios en septiembre de 1821 hasta la deconstrucción del Estado nacional y la irremisible pérdida de su auténtica soberanía en 1867.

Como símbolo del despotismo sin lustre y del borbonismo decadente logró preservarse aún durante los episodios más delirantes del México Independiente tras el rechazo de Fernando VII al Plan de Iguala y la consecuente proclamación del Libertador Agustín I como Primer Emperador Constitucional de México. Será durante este momento fundacional justo cuando quedará registrado lo que estuvo por convertirse en uno de los primeros atentados en contra una de las más grandes obras del escultor Manuel Tolsá; esto es, cuando el pueblo rompió en júbilo ante la entronización del Héroe de Iguala e intento en masa ir a serruchar la cabeza de dicho monumento para sustituirla por la de Iturbide en bronce. Por fortuna para la historia, dicho atentado no logró perpetrarse debido a la férrea oposición del propio Soberano quien consideraba aquello como atentado a una de nuestras Tres Garantías: la de la Unión entre peninsulares y americanos.

Tras la imposición del régimen republicano, la estatua fue salvada de una segunda tentativa de destrucción en 1824, siendo trasladada fuera del zócalo. Así pues, “el caballito”(mote con que sería conocido a la postre) logró preservarse de las expulsiones de españoles en 1827, de los golpes de cañón y de metralla que destruyeron Palacio Nacional durante las “Jornadas de Julio”, de la invasión norteamericana en 1847 y toda la serie de enconos e intervenciones durante el siglo XIX.

Sobrevivió también a las entradas y salidas de las facciones carrancistas, villistas y zapatistas tras la llamada Revolución Mexicana y lo que es aún más sorprendente: al eminente mal gusto del régimen de la “revolución triunfante” a partir de la década de los años veintes, donde libró su última batalla victoriosa.

Por desgracia, no logró sobrevivir a los atentados del actual gobierno capitalino y a la indiferencia de las autoridades federales que debieron prevenir el atentado irreparable al monumento, cuando se pretendía su restauración. Sin embargo, pese a los señalamientos de personalidades como Guillermo Tovar y de Teresa o de Alberto Amador Pérez-Adam en cuanto al rescate de la misma y la penalización de las autoridades responsables, es de dudarse que quienes han guardado silencio ante la destrucción del interior de Bellas Artes, la desintegración de la Orquesta Filarmónica Juvenil, la suspensión abrupta de la Feria del Libro o la continuidad de la Estela del Bicentenario, quieran(porque pueden y deben) hacer algo por reparar el entuerto.

enrique.sada@hotmail.com