Verdad Amarga

La burguesía revolucionaria

Tal parece que en México cuando se aborda cualquier tema en relación con todo lo emanado del escenario político, o mejor dicho, sobre  quienes se asumen como políticos en nuestro país, siempre habrá tela que cortar; no solo por el grueso de quienes conforman la nómina sino por la inmensa cantidad de material generosamente proporcionado por estos, puesto que por la suma de inexperiencia, criminalidad y descalabros que acumulan, tal parece que si en algo no escatiman es a la hora de incurrir en la ignominia o el ridículo.
Lo anterior no debería de sorprendernos acaso por el eslabón de experiencias previas, históricamente rastreables como acumuladas, por parte de quienes han acaparado la administración pública desde la década de los años veintes  hasta la fecha:  la burguesía revolucionaria, y su hija la partidocracia, como natural apéndice o extensión de la misma.
De ahí que a todos los conozcamos de sobra y no precisamente  por ser autores de grandes proezas o iniciativas patrióticas, ni como creadores o reformadores de instituciones, ni siquiera  como agentes de cambio social alguno—positivamente hablando, aún sabiendo que esa debía de ser su labor—sino como los herederos o usufructuarios de determinados cacicazgos de facto: gobernadores, exgobernadores, diputados, senadores, directoras y directores generales, secretarios y subsecretarios, delegados federales, hijos de, primos de, compadres, esposas, meretrices, amantes o hasta  “hijos de los hijos de” son quienes de manera tan antinatural como desatinada se han convertido en  quienes rigen la suerte de muchos y hasta el rumbo del país.
Sobre esto último vale la pena subrayar como el ser “hijos de” o “parientes de” es lo que, para descrédito y repudio nacional, ha venido a constituir esta nueva subespecie de vertebrados que al amparo de un puesto de gobierno o del nombre de quien los ocupa (independientemente del tiempo que detenten dicha posición) ha venido a marcar una terrible pauta entre lo que pareciera ser el peor de los apartheids inimaginables en nuestras democracias republicanas, como lo es la ominosa división clasista entre ciudadanos de primera (llámense estos Granier, Gordillo, Murillo Karam, Romero Deschamps, Góngora Pimentel, “lady narco- senadora” o Cuautémoc Gútiérrez de la Torre) y ciudadanos de quinta (el resto de los mexicanos).
Sin embargo, lo más grave no es la sobrecarga tributaria que representan, ni sus dislates  propios como arribistas, ni siquiera sus despliegues de prepotencia y vulgaridad con que pretenden compensar su oscuro origen, sino algo mucho peor: saber que existen, y persistirán, gracias al silencio de todos nosotros.


enrique.sada@hotmail.com