Verdad Amarga

La otra batalla de Puebla

Si la historia oficial, tan aburrida y proyanqui pese al bronce con que se rodea, fuera medianamente inteligente—el hambre produce presupuestívoros, pero no historiadores de cepa—en vez de vender la fecha en que los “liberales” mexicanos salvaron, en suelo y con sangre mexicana, a sus amos norteamericanos de un ataque combinado de fuerzas franco-confederadas, haría mejor en vender como tragicomedia la otra batalla de Puebla, que ocurrió un año después.

Tras la victori de 1862, Ignacio Zaragoza escribía a Juárez sobre su deseo de quemar Puebla, que mostraba luto por la derrota de los franceses, excusándose de hacerlo por haber mujeres y niños.  Pero la muerte por cólera sorprendió al texano, y Jesús González Ortega tomó el lugar del generalísimo muerto, teniendo por segundo e incómodo rival de mando al ex presidente Ignacio Comonfort en 1863, y a Puebla nuevamente por baluarte de la República.

Comonfort, que dio autogolpe de Estado para desconocer, por impopular e impracticable la Constitución de 1857 que él promulgó, volvió al redil “liberal” tras presentarse ante Juárez con un saco de títulos expedidos en las logias de Nuevo Orleáns, por los que fue aceptado.

Con el hambre apretando a los republicanos antes de la primera batalla—pues Comonfort no mandaba alimentos—Ortega tomó por franceses al bastimento que le envió el general Valdés con unos arrieros, haciendo fuego sobre los mismos, con saldo de 40 burros muertos y el hambre permanente, avanzando los franceses entre el 29 de marzo y el 5 abril. 

Mandado por Juárez a que dejara de pasearse entre Atlixco, (donde por evitar la batalla, Leonardo Márquez le mató más de 200 hombres e hizo desertar su columna) Comonfort siguió órdenes de quien desconociendo de estrategia militar lo llevó a su perdición, dejando al enemigo (tras huir en el cerro de la Cruz) 2000 hombres, 20 carros de víveres, 400 mulas e incontables carneros, corriendo a entregarse a la caballería enemiga para salvar su vida, pues Juárez había ordenado a Ortega que, aun pudiendo auxiliarlo, lo abandonase y regresara a Puebla.

Para el 5 de mayo Ortega mandó emisario al mariscal Forey pidiéndole permiso para retirarse; sin embargo, la tropa entera de Ortega se pasó al enemigo, salvo los principales jefes republicanos que fueron puestos en prisión, en tanto la ciudad y el pueblo alegres celebraban al ejército galo. 


enrique.sada@hotmail.com