Verdad Amarga

El año de Juan Rulfo (1917-2017)

Encargado de crearse tanto como de reinventarse tantas realidades alternas como le fueron  posibles, empezando por su propio nombre y su lugar de nacimiento, Juan Rulfo jugaría este mismo juego de cartas como un tahúr esquivo a lo largo de su vida, lo mismo ante parientes que ante desconocidos, y según se lo exigieran las circunstancias.

Sin embargo, a pesar de aquel velo de misterio que el propio autor interpusiera como cortina de humo, con el tiempo surgen nuevas interrogantes al igual que luces y respuestas que van desde sus antepasados hasta las leyendas que flotan entorno al suelo que le vio nacer, la muerte como patrimonio familiar desde los primeros años de su vida, el mito en torno a sus orígenes ancestrales en la región (conforme a documentos antiguos e inéditos que brindan nuevas luces al respecto) así como sobre cuáles fueron los autores que realmente influyeron en él (incluyendo la muy difundida influencia de William Faulkner que algunos le atribuyen) a la hora de escribir la que fuera hasta la fecha una de las más grandes obras de la literatura universal tanto como la más traducida en el mundo (después de la Biblia y El Quijote) y el pináculo mismo de la novela mexicana, insuperable hasta la fecha: Pedro Páramo. 

Lo que sí es indudable es que, con menos de 500 páginas—diseminadas desde los fragmentos que sobrevivieron la quema de El Hijo del desaliento (1937) hasta El Gallo de Oro (1960)—el jalisciense, sin compadrazgos torvos ni necesidad de pertenecer a mafia política “cultural”, Rulfo alguna alcanzó la inmoralidad, más no lo suficiente para ser reconocido por el actual Gobierno Federal, ni por el anterior, que pasó de largo los 60 años de la publicación de Pedro Páramo, ni el año pasado conmemoró los 30 años de su muerte ni parece tener interés en conmemorar este 2017 el Centenario del más grande de nuestros autores.

Solo Editorial RM, a buen tino e instancia de los hijos del genio de Sayula, tuvo a bien decretar de manera oficial este 2017 nada menos que como “El año de Juan Rulfo” con una reedición antológica de sus obras, medida necesaria por cuanto el reconocimiento y la justicia así lo exigen, y sobre todo en un año que como el presente en México—lo mismo en lo político como en cultural y sobre todo en lo económico—pareciera pintar más bien como si fuera el año de Frida Kahlo.


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