Verdad Amarga

Sobre la alfombra roja

No cabe duda de que Hollywood y el reino de la farándula no son  lo que era antes, y eso se percibe por lo que se desarrolló durante la 87 entrega de los Premios de la Academia Cinematográfica, ante los ojos del mundo aquella noche.  Ya no es la alfombra roja que resollaba glamour como antes  (la propia muerte de Lauren Bacall da cuenta de ello), pero tampoco es el foro circunscrito a lo “políticamente correcto,”—y en ese creo que por mucho, sí se encuentra acaso una ventaja que  décadas atrás no se concebía siquiera como posible ni deseable—como hemos visto desde hace más de una década, justo cuando el cineasta Michael Moore abrió la puerta para la crítica política, con valor y certeza, al momento de recibir el Oscar por su documental Jugando boliche por Columbine, condenando la guerra en Irak como una guerra ficticia y vergonzosa, encabezada por un presidente igualmente ficticio, como lo fue George W. Bush en su momento.Desde entonces mucha agua ha pasado bajo el puente, como dijera Dooley Wilson a Ingrid Bergman en la antesala de una de las escenas más memorables de Casablanca en 1943, y las inercias de algún modo han sido propicias tanto para proyectar desde una agenda política hasta para hacer algún reclamo a título personal, tal  como sucediera con la actriz Patricia Arquette por su papel en Boyhood, quien aprovechando el premio por su actuación exigió que en Hollywood se tratara y se pagara igualitariamente tanto a los actores masculinos como a los femeninos,—arrancando aplausos por igual a una veterana como Meryl Streep que a Jennifer López—lo cual no habla muy bien de la industria del cine en general; o las ovaciones por el filme Selma junto con su tema Glory, tomando como telón de fondo los terribles disturbios raciales sucedidos en Ferguson el año pasado, que nos remiten a uno de los peores momentos de la lucha por los derechos civiles y la igualdad en los Estados Unidos, durante los años sesentas. Sin embargo, quien se llevó la noche y las palmas por su discurso fue el cineasta mexicano Alejandro González Inárritu, quien al momento de recibir el galardón al mejor filme por Birdman, dedicó su premio a sus paisanos ( a diferencia de Alfonso Cuarón que con su anodina Gravity, lo escatimaba con despliegue de mezquindad un año atrás). En este caso, la pedrada fue directo a la cabeza del presidente Enrique Peña Nieto: en tanto Inárritu hacía votos porque algún día los mexicanos encuentren y construyan el gobierno que merecemos, y porque nuestros connacionales sean tratados con la dignidad y respeto que se espera de un país hecho por inmigrantes. 


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