Verdad Amarga

Volver al pasado: Venezuela y el estado orwelliano

Decía Carlos Marx que la Historia solía repetirse, las más de las veces; algunas ocasiones como farsa, otras tantas más, como tragedia. Independientemente de la polémica que suscita este dicho para los dedicados a la investigación, lo mismo que para los sociólogos y  los amantes del dogmatismo ideológico y la superchería política que el autor de dicha frase conlleva por inercia, más que por fuerza, tal parece que la misma bien puede aplicarse nada más y nada menos que a las actitudes públicas—mucho me temo que aún sería demasiado prematuro el definir siquiera como “política pública” a una serie de ocurrencias, mezcla de esquizofrenia y deficiencia neuronal—por parte del presidente de Venezuela: Nicolás Maduro.
Dada su constante mención de Hugo Chávez como discurso político; desde evocaciones casi mediúmnicas (propias de la Inglaterra victoriana) hasta el hablar con los pajaritos, arte perdido que remite lo mismo  desde la Edad primera del hombre en el Paraíso hasta San Francisco de Asís, tal parece que en la hermana República Bolivariana, el pasado seguirá siendo presente aún por mucho tiempo, y no precisamente para bien.
No podemos cierta singularidad a un personaje como Maduro al menos en este sentido: incapaz de separarse de la imagen de su difunto predecesor, ni mucho menos de inventarse para sí algo que pueda aterrizarse en el terreno de la ciencias políticas como una doctrina propia como jefe de estado, si podemos identificar en el susodicho al menos un estilo personal de gobernar en el más pleno sentido que denunciara Daniel Cosío Villegas desde las entrañas del viejo régimen mexicano en la década de los setentas. Si el mesianismo militarista de Hugo Chávez como hombre fuerte, apuntalado no por el dedo de Dios ni por ningún “Destino Manifiesto” más que el simple hecho de sostenerse en la silla presidencial por obra gracia de los grandes yacimientos de petróleo que aún hay en su país, tocará a Maduro por su parte el desempeñar en este caso como heredero y sumo pontífice entre el más allá y la muy mundanal tarea de dirigir la nave del estado venezolano conforme con los mandamientos y la “buena nueva” de la más absoluta demagogia.
Si las evocaciones históricas aún no resultan familiares o suficientes al recordar el “Comité para la Salvación Pública” con Robespierre o el “Ministerio del Amor” del Gran Hermano orwelliano en la novela 1984, el actual presidente de Venezuela acaba de adelantar las fiestas de Navidad, con 54 días de anticipación, además de instaurar el “Ministerio para La Suprema Felicidad del Pueblo”.
A estas alturas no nos cabe la menor duda de que el precio que Venezuela pagará a futuro por las ocurrencias de Maduro será muy caro, como denuncia Mario Vargas Llosa—independientemente de los aplausos y fanfarrias que le dedique desde nuestro país la impresentable Dolores Padierna—y no es para menos cuando se trata de un país que es víctima del más puro realismo mágico: donde los muertos mandan, los pájaros dictan instrucciones de gobierno al primer magistrado de la nación y en donde los aviones particulares, “full de cocaína” y ante el silencio habitual de la Cancillería mexicana, se caen de maduros.



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