Verdad Amarga

Último adiós a Juan Gelman

Los diarios, las notas, la radio, las noticias, todas se confabularon en un día; pareciera que todo se empañaba aquella tarde convertida en sombra, y hasta el día que le siguió, cuando supe de golpe la noticia: murió Juan Gelman.
Tomé el teléfono de inmediato, un tanto incrédulo y como si recién hubiera despertado de algo brumoso, para marcarle a mi amigo Alberto de la Fuente. Compartimos el pesar con sincronía, tendiéndose un juego improvisado de líneas cruzadas en donde el silencio se hizo más presente que la voz. De golpe vinieron estampas de una noche no lejana, pues los buenos recuerdos se atesoran siempre con algo más que la memoria, como la fotografía del hijo o de la novia amada en la cartera.
Conocí a Gelman una tarde que pardeaba gracias a los buenos oficios de mi amigo Alberto, quien de inmediato y sin reparos me marcó para invitarme a cenar con el bardo argentino en una casa particular. De momento pensé que se trataba de una broma pero una vez repetida la afirmación no escatimé en cancelar citas para el resto del día  sin antes dirigirme un tanto frenético hacia la biblioteca de mi otra casa, en busca de alguno entre sus muchos libros. Y como el tiempo suele apremiar en estos casos, después de hacer memoria, tomé el más ligero de todos, no tanto por ergonomía o comodidad sino por ser acaso lo primero que encontré a la mano.
Con una sonrisa en los labios y una procesión de nostalgias ancladas en la mirada, no obstante estar sentado en un extremo de la sala, el autor de “La tregua”, “Gotán” y “Cólera buey” se levantó de su lugar para saludarme con la misma naturalidad y sencillez con la que se saludan dos amigos. Sin poses ni ataduras, despojado de toda aureola que suele caracterizar a los gigantes consagrados, tan solo revestido de sí mismo, bebimos y platicamos sin tocar siquiera nada remotamente literario. Hablamos de sus tiempos de joven; de cómo se inició de peronista y hasta de su adhesión a los Montoneros, antes que se instaurara la dictadura militar en la Argentina. Charlamos de música mexicana, y como era de esperarse, también el tango vino a convertirse en tema cuando él—después de varios años radicando en México—nos puso por ejemplo de lo indescifrable y lo absurdo un viejo tango compuesto enteramente en lunfardo allá en la década de los veintes, y anticipando lo inaccesible de aquella jerigonza de arrabal porteño, nos tradujo el significado de la canción,  estallando en risas.
Tuve la fortuna de conocer a un gran hombre que por su calidez y franqueza me remitió inmediatamente a mi abuelo paterno(también hombre de lucha):todo esto en vísperas de ir a recibir el Premio Cervantes, uno de los pocos dignamente galardonados con el mismo, entre quienes lo han recibido los últimos años.
Terminamos al alba tomándonos foto, no sin antes dedicarme la antología conmemorativa de cuando ganó el Premio Internacional Juan Rulfo en el 2000.
Hoy le despido desde el recuerdo; detrás de una botella de Malbec y con Santos Discépolo como fondo, confirmando que solo son poetas quienes se atreven a vivir conforme a lo que escriben, nada más. Y Gelman, que se sentía tan mexicano como bonaerense, cumplió con ese cometido más allá de la muerte, pues venció a la vida misma.


enrique.sada@hotmail.com