Verdad Amarga

Toda la tempestad

Cuando Luís XVIII se hizo del poder que durante tanto tiempo había anhelado para sí—después de más de dos décadas entre el Terror y el reinado bonapartista—llegó a rubricar sus primeros actos de gobierno con la leyenda: “En el año vigésimo tercero de nuestro reinado...”. De pronto parecía que toda la historia constituida desde el regicidio de 1793 hubiera sido solo un sueño, y más aún; como si por curioso efecto hubiera tocado en verdad, por su propia mano, el haber dirigido los destinos de su Patria desde la comodidad del exilio. Por desgracia, esta misma lectura o falta de consciencia pareciera repetirse en el caso que nos ocupa en México si atendemos a lo que pudimos presenciar a partir del alud de protestas realizadas en 2014, al igual que la impericia e insensibilidad del presidente ante la serie de tragedias que empañaron a la Nación en este año, como no se había visto desde la toma de posesión de Peña Nieto. Ahora bien que brindando una ojeada a los diarios y a las reseñas de todo lo acontecido desde el 2012 hasta la fecha, nada nos habla ni de transición ni mucho menos de restauración alguna, como solía referir Jacobo Zabludovsky hace un año, equiparando el retorno del PRI con el de los Borbones franceses (de 1816 a 1830) y la desaparición definitiva de esta dinastía de la escena política debido a su incapacidad para adaptar los cambios que la necesidad y hasta la naturaleza misma le imponían, al igual que sus ciudadanos. Por tanto, pretender hablar de la “restauración” del viejo régimen en México es solo un decir, cuando no un absurdo, debido a que en realidad nunca se fue: en doce años de alternancia nada mudó de sitio más que el nombre de quienes se sentaron en la silla presidencial y a lo sumo, como una mala palabra, las siglas del partido que le sucedió en las formas, más no en el fondo; esto es, más de diez años en que la corrupción y el derroche se perpetuaron sin sanción para los transgresores; tiempo en que la represión se trasvistió de lucha contra el crimen organizado—simulando un embate frontal—con “daños colaterales” y preservando las mismas estructuras corroídas mientras el desgobierno se disfrazó de pluralidad democrática para excusar sus fracasos, y el país permaneció sin rumbo ni crecimiento alguno, que eran los frutos que en su momento se esperaban después del 2 de julio del 2000. La Nación se vio defraudada tanto en sus hombres como en sus instituciones, y la Nación cansada se cruzó de brazos para verlos caer. Sin embargo, este agotamiento en el espíritu público no debe de tomarse como voto de confianza para el partido en el gobierno (ni para el gobierno federal) rumbo a las elecciones intermedias del 2015, ni mucho menos como borrón y cuenta nueva ante el dolo y la sangre derramada. Por el contrario, la protesta social existe, haciéndose  tan notoria como en 2014(aún matando al padre Goyo o encarcelando a Hipólito Mora y los autodefensas en Michoacán) y más que en ningún otro año anterior: sin duda un panorama poco halagueño para quienes desde los Pinos o San Lázaro creían frotarse las manos demasiado pronto, contemplando el mapa desde California hasta Yucatán como un cuantioso botín del cual solo parcialmente se pudieron sentir desprovistos.


enrique.sada@hotmail.com