Verdad Amarga

Al Servicio de Su Majestad: más allá del Jubileo y el referéndum

Con ochenta y ocho años de edad, más sesenta como Jefa de Estado y símbolo viviente para toda una mancomunidad de naciones, Elizabeth Mary Alexandra de Windsor y Bowes-Lyon fue conmemorada nuevamente; no durante el pasado 4 de junio, tras cumplirse un año más después del Jubileo de Diamante de su reinado, sino el 18 de septiembre por los resultados del referéndum en Escocia, mismo por el cual se conserva la unidad del Reino Unido más allá de toda especulación localista y en tiempos de incertidumbre  internacional: fecha en que las calles aledañas a la abadía de Westminster, el puente de Londres, las márgenes del Támesis y todas las grandes avenidas que confluyen desde Regent›s Park y Picadilly Square hasta el Palacio de Bukingham se engalanaron con listones o estandartes alusivos a la Soberana mientras el Union Jack desplegaba  sus colores desde el interior de los pubs y los cafés hasta por fuera, en los edificios. Sin duda fue un día soleado para todos los ingleses. Y es que más de sesenta años de reinado ininterrumpido por parte de quien ha sabido hacerle frente a los vaivenes del tiempo suelen suscribirse con suma ligereza en papel y tinta más allá del Canal de la Mancha, aunque el pueblo británico bien sabe que nunca ha sido así: desde su proclamación misma tras  la muerte de su padre hasta su coronación como Reina de Inglaterra y Jefa Suprema de una gran confederación de países—la Commonwealth—nada  ha sido fácil para quien se inició en el servicio público desde muy joven, ayudando a su país como adjunta del Servicio Territorial Auxiliar (la rama femenina del Ejército Británico) cifrando comunicaciones y realizando composturas mecánicas para todo tipo de automotores durante la Segunda Guerra Mundial.El mundo ha dado muchos vuelcos desde entonces, y la monarca más longeva desde la Reina Victoria ha sabido desempeñar su labor como vínculo de unión entre los pueblos a su mando al igual que como pararrayos de conflictos internacionales:  desde la Guerra Fría, la independencia de sus antiguas colonias, los conflictos en Irlanda del Norte, la Guerra de las Malvinas, la llamada “Guerra global contra el terrorismo” y las invasiones de Irak y Afganistán—con sus escandalosas consecuencias—que aún hicieron sentir sus ecos, por las declaraciones del ex ministro Tony Blair, durante  junio de este año. No obstante lo anterior, gracias a sus estamentos representativos, la preservación de sus instituciones ancestrales (fruto del consenso, por la voz del pueblo) así como la incuestionable autoridad moral que la misma Elizabeth II ha sabido imprimirle a su mandato, el mundo mira con asombro y a manera de ejemplo como la Monarquía Constitucional Parlamentaria (como sinónimo de buen gobierno) se sostiene firme; acaso porque más que deberse a una camarilla de improvisados o hechura de una partidocracia excluyente, es el resultado de una voluntad auténticamente democrática cuyo éxito se debe al maridaje de dos principios fundamentales que los ciudadanos ingleses han sabido preservar a toda costa, por su valor y solidez, aunque resultan cada vez más raros en los gobiernos del resto del mundo actual: tradición y modernidad. 


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