Verdad Amarga

Precandidato Jurásico

La banalización del mal junto con la banalización del discurso político y todo lo que gira a su alrededor ha venido a constituirse sin duda en uno de los tiempos durante los últimos treinta años: desde la perestroika hasta la caída de la Cortina de Hierro.

Sin embargo, esta degradación de todo lo relacionado con la esfera pública se ha dado no de manera gradual sino en estrepitosa caída libre, permitiendo que personajes irresponsables o simplemente idiotas, como señalaran Pascal Bruckner y Umberto Eco, no solo tengan voz y voto sino poder, gracias a esta nueva soberanía del capricho en donde el ignorante se impone a fin de cuentas no por el peso de sus argumentos sino por influencia o por su griterío como espectáculo abierto.

En este mismo tenor, todo espectáculo de circo—incluyendo el político—requiere de un bufón como telonero, y tal parece que la lucha por la presidencia de los Estados Unidos ya tuvo el propio con el destape de Donald Trump.Montado en un discurso demagógico y fascistoide—con Neil Young como fondo musical—el controversial magnateanunció su intención de convertirse en candidato presidencial del Partido Republicano en un evento que destacó no por propuestas sino por su ignorancia y xenofobia respecto a los mexicanos: tras una larga perorata beligerantedonde lamentaba que su país sea “el basurero de todos los problemas de los demás”, acusó a México de estar “ahogando económicamente”(?) a la nación de las barras y las estrellas, hablando de levantar un gran muro que debería ser pagado por los vecinos del sur, a quienes señalaba como enemigos, mientras prometía restaurar la hegemonía estadounidense como el mejor generador de empleos, señalando a los dirigentes estadounidenses como estúpidos y controlados por los lobbies.

Sin embargo, lo único que quedó claro tras el discurso es que al neoyorquino solo le importan sus propios negocios, como el que intentó dolosamente en Rosarito,Baja California; costándole multas millonarias y convirtiendo a todo un país en el blanco de su frustración.Tomando en cuenta la urgencia del norteamericano promedio por reactivar su economía bajo nuevas reglas y ante un mundo que ya no le pertenece del todo, sería tan riesgoso como irresponsable el endosarle su vida o su futuro como nación a un hombre torvo, visceral e irresponsable.

Lo malo en este caso es que pensando en el mismo norteamericano promedio (que permitió el ascenso a fraudes como Bush o fiascos como Obama) pareciera y es de temerse que a cualquiera, incluso a un precandidato jurásico, le sea posible ocupar la Casa Blanca.


enrique.sada@hotmail.com