Verdad Amarga

Patriotismo de balón

La semana pasada, las cámaras y los medios siguieron sin descanso como un grupo de hombres se daban cita con Enrique Peña Nieto en un acto público que, por lo visto, parecía entrañar algo de suma gravedad o de gran importancia para quienes acudieron al llamado del titular del Ejecutivo en Palacio Nacional. No se trataba de un plan de contingencia para reactivar la economía mexicana más allá del inalcanzable 4% de crecimiento prometido, o del anuncio del desembarco de la Marina en las costas del Golfo de México para recuperar los pozos petroleros explotados ilegalmente por compañías norteamericanas, ni se anunciaba el despido de Videgaray o de Chuayffet por criminales o ineficientes. Nada menos que eso; era para despedir con honores de prócer a la Selección Mexicana de Futbol, quienes en un acto protocolario que rayaba en el patetismo, recibieron la bandera como si fueran a encabezar una gesta heroica—como la reanexión de las provincias rebeldes de Centroamérica o la liberación de los territorios ocupados por los Estados Unidos desde 1847—mientras el presidente de la República, con el rictus de solemnidad de un Napoleón, les señalaba no cómo cuarenta siglos de pirámides los contemplan sino como más de 120 millones de televidentes desengañados por las llamadas reformas estructurales necesitan que ellos les proporcionen, a falta de pan y de tortillas, el circo necesario para que los mexicanos sigan durmiendo sobre los mismos laureles de siempre; soñando y comiendo futbol, como solía mofarse maliciosamente cierta compañía refresquera.Es cierto que México no es el único país del continente que raya en el fanatismo deportivo, ni el primero ni el último capaz de incurrir en la ignominia y el autoengaño de querer venderle al mundo una realidad muy distinta a la que al interior se vive. Si bien recordamos la matanza de estudiantes en Tlatelolco durante las Olimpiadas de 1968 tampoco nos es ajena la represión, el abuso y la brutalidad reciente con que las fuerzas federales brasileñas llegaron a implantar limpieza étnica y social en el paraíso socialista de Dilma y de Lula, para brindarle una mejor imagen a los extranjeros que visiten la tierra del “Ordem e progresso” en vísperas del mundial. ¿Y cómo olvidar también al pueblo argentino? Aquél que en un enorme despliegue propagandístico  llegó a tapizar todo el país con calcas, playeras, posters y enormes espectaculares que decían “Maldita FIFA”, en protesta por la doble designación de Pelé y de Maradona como “Mejor jugador del siglo XX”, mientras guardaron silencio cómplice cuando la Dictadura militar los masacraba y desaparecía por millares hasta la llegada de Alfonsín.Nadie escapa al enajenamiento mediático ni a la manipulación de la clase política gobernante, es cierto, cuando se trata de maquillar la realidad o evadir las responsabilidades que les competen como jefes de Estado, en cuyo rango no se encuentra el andar abanderando equipos deportivos cuando un país se encuentra en recesión económica. Pero más triste, desmoralizador y desconcertante es ver que a un pueblo como el nuestro lo mueven más los pies sobre un balón, que la memoria o la dignidad nacional. 


enrique.sada@hotmail.com