Verdad Amarga

Nuevo rojo amanecer

Lo que ocurre en México sobrepasa a la imaginación por la indignación misma que suscita a la vista de todos, como una bofetada histórica en un país en donde el pasado se ignora o se falsea y en donde en el presente solo impera la mentira, la brutalidad y la muerte. Iguala, cuna de nuestra Independencia en 1821,donde el Libertador Agustín de Iturbide proclamó su célebre Plan,—con las Tres Garantías que nos dieron bandera, nombre, patria y libertad—ahora se ensombrece con sangre ciudadana; sangre vilmente derramada, no por fuerzas invasoras ni por el crimen organizado, sino por el propio Estado Mexicano, en un espiral de horror que no puede menos que evocar directamente( por la saña y la barbarie) a las masacres perpetradas por Israel en Palestina o las crucifixiones y decapitaciones emprendidas impunemente en Siria, Iraq y el resto de Medio Oriente contra los cristianos, por los musulmanes del autodenominado Estado Islámico.La opacidad con que las autoridades han manejado este caso, las felicitaciones precipitadas de la Comisión Nacional de Derechos Humanos—aplaudiendo el proceder de las fuerzas del orden ante lo que burdamente pretendía venderse como un “despliegue contra organizaciones delictuosas”—y el silencio cómplice del Gobierno Federal tras las desapariciones de otros tantos, no hallados ni entre las fosas clandestinas, han dado la vuelta al mundo, mostrando una realidad que se maquillaba con cifras y spots televisivos.Y es que nadie en generaciones había visto una matanza similar, ni un proceder tan vergonzoso por miembros del Ejército, desde la tristemente célebre noche de Tlatelolco.La clara autoría por parte de un alcalde en fuga, señalado como asesino desde hace tiempo ante el Secretario de Gobernación y el titular de Seguridad Pública Federal, sale a la luz justo en uno de los peores momentos; cuando se multiplican las desapariciones de civiles y normalistas no solo en el centro y sur del país sino también en los estados del norte, arrastrando consigo toda una serie de cuestionamientos sobre lo que se percibe nada menos que como un Crimen de Estado, según reclamo de la Organización de Estados Americanos y de la comunidad internacional.La corresponsabilidad en esta nueva tragedia por parte de Osorio Chong y Murillo Karam, por omisión dolosa, queda tan expuesta como su incapacidad para desempeñar los cargos públicos que les confirió Peña Nieto en lo que desde aquí se avizora como uno de los peores sexenios desde Luís Echeverría Álvarez: donde se acude a la demagogia  y a programas clientelares para encubrir un continnum de ingobernabilidad crónica—o de franca represión política—en donde el Estado de Derecho es vulnerado día con día. Sin embargo, la verdadera tragedia no es solo lo que ocurre en Guerrero y en el resto de México (comparado con la barbarie en otras latitudes) sino lo que no está ocurriendo: una mezcla de parálisis y encubrimiento que los ciudadanos perciben desde Los Pinos, sin voluntad de hacer justicia ni de recurrir a lo que se espera como mínimo en una situación similar; esto es, una depuración de mandos medios, por criminales e ineficientes, y que rueden más dos o tres cabezas en el gabinete...¡Urge! 


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