Verdad Amarga

Las Llaves del Reino

Como un rayo desde el Cielo, hace tres años, el mundo recibía  la renuncia del Papa Benedicto XVI a la encomienda de las Llaves del Reino, heredada al primero de entre los Apóstoles, así como a sus títulos históricos: Vicario de Cristo, Sucesor de Pedro, Siervo de los siervos de Dios, Sumo Pontífice, Santo Padre y finalmente, Obispo de Roma; sorprendiéndose todos con la elección del primer latinoamericano, el Papa Francisco, en ocupar la silla de San Pedro

En un mundo voraz y pasajero en donde nadie está acostumbrado al sacrificio (empezando por la clase política) el Papa argentino ha sabido abrirse camino entre crisis humanitarias, amenazas y guerras, sin dejar de contar con quienes aún bajo el mote de “cristianos” o tras la careta de “fervientes tradicionalistas” le criticaban por su generosidad y apertura para con todos.

Ahora, luego de una escala histórica como fue su encuentro ecuménico con el Patriarca Kiril en Cuba, el Papa Francisco pisa suelo mexicano generando grandes expectativas y sorprendiendo a todos en su encuentro con un pueblo que le esperaba para recibirle—entre oprobios sociales y sed de justicia—con tanto cariño como a sus dos antecesores, salvo por las rabietas de algunos pocos que desde un laicismo mal interpretado, pretenden venderse políticamente como “hijos de su tiempo”.

Tal parece en nuestros días que la manía de proclamarse feminista, socialista, liberal o capitalista no es otra cosa que aspirar “estar a la vanguardia”;esto es, cargar el yugo de ser hijo de su tiempo y ser por ende efímeros, como sentenciaba genialmente Gilbert Keith Chesterton en Por qué me convertí al Catolicismo.

Esta  manifestación o trasvestismo de valores se identifica plenamente por su odio irracional hacia todo lo que Occidente representa, y siendo Occidente fruto propio de la Cristiandad resulta lógico que su rabia se vuelque contra su fuente que es la Iglesia fundada por Cristo,—o contra su legítimo representante—vigente desde el año 33 de nuestra era.

Pareciera que el mundo tiembla desde entonces. Sin embargo, los únicos que parecen inamovibles son aquellos que desde su salida de las catacumbas son llamados y reconocidos hasta la fecha como universales (del griego katholikós), y perseveran en la misma actitud que el Papa Francisco: ni los motes, ni las modas les molestan; ni el ser “hijos de su tiempo” parece obsesionarles siquiera.

Quizá porque quien nace o se convierte al Cristianismo original, como decía Chesterton, automáticamente sabe que se transforma en una persona con más de dos mil años y contando, a la que poco o nada le toma por sorpresa.

 

enrique.sada@hotmail.com