Verdad Amarga

Ibargüengoitia redivivo: a 50 años de Los relámpagos de Agosto

Para Armando Maximiliano en su cumpleaños


Lúcido y mordaz como pocos, dotado de una inteligencia preclara además de un fino sentido del humor, capaz de reírse hasta de sí mismo—cosa que los tótems vulgarmente consagrados por la mercadotecnia o por la ubre del presupuesto no son capaces de hacer—Jorge Ibargüengoitia vino al mundo lejos de las inercias de la gran ciudad o de la capital centralizadora, naciendo en Guanajuato un 22 de enero de 1928 y muriendo en Madrid un 26 de noviembre de 1983, en lo que fuera el tristemente célebre avionazo Avianca-Barajas en que fallecieron Ángel Rama y Manuel Scorza.

El error y lugar común en que suele ponérsele a la actriz Fanny Cano como otra compañera de infortunio a bordo del mismo vuelo obedece más a las inercias, por lo raro de este tipo de sucesos, y la cercanía de ambos accidentes; aunque conociéndole de antemano, esta confusión le habría gustado que prevaleciera aún después de muerto.

Como estudiante, a dos años de graduarse, Ibargüengoitia cambió los cálculos y bocetos de ingeniería por las clases con Rodolfo Usigli para desempeñarse como traductor, periodista, profesor, ensayista, dramaturgo y becario múltiple: del Centro Mexicano de Escritores, de la Fundación Rockefeller, la Fundación Fairfield y hasta la Guggenheim, concursando en 1963 por el Premio Casa de las Américas con su obra teatral El atentado, que obtuvo empate, ganando dicho galardón nuevamente en 1965 con la novela Los relámpagos de agosto.

Desde entonces tuvo que lidiar con la censura impuesta por el Viejo Régimen,como artífice y defensor de la “historia oficial” en México, misma que Jorge cuestionaba y que le valió 15 años de veto para la puesta en escena de El atentado porque sus obras “satirizaban” (retrataban con sus propias sombras) a los “héroes” de la Revolución Mexicana.

De aquí que la importancia de Los relámpagos de Agosto a 50 años de su publicación, radica por partida doble: porque sepulta la novela revolucionaria y su solemnidad de incensario a la par que Carlos Fuentes con La muerte de Artemio Cruz; y porque coronó a Ibargüengoitia como genio del humor político en el México de las Crisis (tan vigentes como su obra) desde su columna en Excélsior, convirtiéndolo en un clásico cuya pluma hace falta ahora que el dinosaurio volvió a Los Pinos y la “historia de bronce” se sigue imponiendo por dedazo, cobrando víctimas entre quienes desde el discurso político más rancio siguen enalteciendo, sin saber,—en oscuros personajes de ayer—los mismos crímenes y vicios que censuran en la clase política de hoy.


enrique.sada@hotmail.com