Verdad Amarga

Guillermo el Grande: a un año de su partida (1956-2013)

Es innegable que si algo le confiere un valor preferencial a un país en el concierto de naciones, este se lo brindan aquellos hombres que han marcado pauta rompiendo  paradigmas o abriéndose camino, más que por espíritu aventurero, que conlleva temeridad y egoísmo, por vocación humanista; compartiendo con el mundo cuantos dones y experiencia les fue dado.En un país donde la vida humana es poco menos que barata; donde la barbarie no respeta vocación ni edades, ni virtudes, es una obligación ponderar mientras aún viven, o incluso rescatar del olvido, a quienes han trascendido barreras, convirtiéndose en patrimonio nacional. Y en este caso no dudo en evocar ni más ni menos que a Guillermo Tovar y de Teresa, tan solo a un año de su partida.Para recuerdo de futuras generaciones, mientras la desmemoria histórica sigue siendo inexorable ley que rige desde la realidad política hasta los destinos de 120 millones de mexicanos, es que el oficio de recordar, más que el simple acto mecánico de conmemorar, se vuelve no solo una necesidad misma en aras de restablecer el orgullo nacional (que hoy anda por los suelos) sino también un acto de Justicia que, como tal, nos dignifica a todos.Conocido como  “el niño Tovar” desde aquel momento en el que recibiera el nombramiento de Cronista Emérito de la Ciudad de México a los escasos 7 años de edad—después de haber enviado carta al entonces presidente de la República, misma en donde corregía varios errores históricos relacionados con los distintos templos y altares del Centro Histórico de la capital—para después colaborar con el naciente Instituto Nacional de Antropología e Historia a los 11 años, fungiendo como asesor presidencial a la edad de 12 y recibiendo al filo de los 14 una distinción por parte de la Real Academia de San Fernando en Madrid,—por sus aportaciones académicas— no será sino hasta la publicación en dos tomos de su obra más laureada, La ciudad de los palacios: crónica de un patrimonio perdido, en que para sorpresa de muchos, el genio precoz y autodidacta que siempre colaboró con el viejo régimen no tuvo resquemor alguno en poner el dedo sobre la llaga abierta de la Historia Oficial, denunciando y lamentando con nombres y responsabilidades fijas, la depredación cometida contra el patrimonio histórico y el legado cultural por parte de los llamados próceres del liberalismo decimonónico que, con la piqueta de la “Reforma”, arrasaron por codicia (más que por espíritu de secta) con más de 300 años de tesoros nacionales.Indignado promotor de la defensa de la estatua de Carlos IV de Manuel Tolsá, a través del movimiento popular “El Caballito”—para enmendar el daño causado por el Gobierno del Distrito Federal a este monumento—quien fuera nombrado Caballero Comendador de la Real Orden de San Mauricio y San Lázaro en 2005 perdió batalla con la muerte un 10 de noviembre del 2013:quizá mucho mejor para quien, como mexicano bien nacido, habría seguido lamentando el daño irreparable a la obra de Tolsá junto con la “restauración” a la estatua de Morelos de Antonio Piatti (también obra del gobierno del D.F.), la quema de la Puerta de Palacio Nacional y tanta sangre derramada, para morir dos veces. 


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