Verdad Amarga

La Guerra y la Paz: cien años de la Gran Tregua de Navidad (1914-2014)

Una de las pocas lecciones históricas dignas del siglo pasado—siglo que Enrique Santos Discépolo no escatimaba resumir como “un despliegue de maldad” en la letra de su tango Cambalache—lo es sin duda el de la Tregua de Navidad.Iniciaba la segunda década de una época que festejaba el progreso en las ciencias, las artes y las letras, pero lo hacía fermentando odios añejos, ambiciones expansionistas y divisiones entre todos los hombres; se popularizaba la automatización sistematizada como parte de todos los procesos de producción con que se pretendía apuntalar un ideal de progreso, pero se hacía en detrimento de la dignidad de los trabajadores (salvo en el Reino Unido de la Gran Bretaña, único país que reconocía el derecho a la huelga desde la era victoriana). Y como parte de un nuevo fariseísmo, las principales potencias (Inglaterra, Alemania, Francia y Estados Unidos) se disputaban mercados para satisfacer su codicia y pulían bayonetas desde 1906, usando la “Revolución Mexicana” como laboratorio previo a lo que preparaban para 1914: una Guerra a escala mundial, tomando de pretexto el asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Habsburgo a manos de un estudiante serbio. Inicia así la Primera Gran Guerra, conflicto lleno de horror y de tristeza donde los avances tecnológicos sirvieron para diezmar a batallones bajo el peso de los primeros acorazados, entre el fuego y la muerte, lenta e indigna, con armas químicas y bacteriológicas. Sin embargo, nadie reparaba lo que habría de suceder cuando en vísperas de la Navidad de 1914, debido a la baja moral de las tropas del Imperio Alemán, el Káiser Guillermo II tuvo la idea de fortalecer el ánimo de sus soldados remitiéndoles raciones dobles de tabaco, alcohol, pan, salchichas, chocolates y enviándoles miles de abetos decorativos y luces navideñas para que  aquellos hombres que se disponían a morir, tuvieran un remanso de alegría en medio de aquel infierno de soledad y nieve. Y así, el 24 de diciembre se impuso la paz donde reinaban la mortandad y el frío, siendo rasgada la noche por las luces de las velas y los adornos que sustituyeron el golpe de los cañones mientras que los gritos de dolor, fueron silenciados por villancicos que proclamaban la paz y el amor para todos los hombres ante el nacimiento del Salvador del Mundo.Los británicos y los franceses palidecieron ante lo que a sus ojos se presentaba, y tirando sus rifles empezaron a unir sus voces junto a la de los alemanes, y ondeando banderas blancas caminaron al encuentro del otro para saludarse entre sí e intercambiar abrazos, regalos, bebida, alimentos, y tomarse fotografías, hasta alcanzar a quienes aún combatían sin novedad, sobre el frente occidental que novelara Erich Maria Ramarche.La tregua se prolongó hasta el 25 de diciembre, fecha en que prusianos, ingleses y franceses celebraron misas juntos, convivieron como hermanos y terminaron el día con un partido de fútbol soccer, antecedente del primer mundial, con marcador de 3-2 en favor de Alemania.Sin duda una lección histórica que en nuestros corazones, muchos anhelamos verse repetida, y más hoy que la paz entre las potencias se ofrececomo una fruta envenenada. 


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