Verdad Amarga

García Márquez y el síndrome del velorio

Tal como anticipamos que sucedería, por segunda ocasión, vemos como las muertes de personajes recientes, lo mismo que las conmemoraciones amañadas—deshonestas, a destiempo, por parte de quienes encabezan el encomio oficial—siempre tienden a llevarnos al marasmo de los polos más extremos.
Sin embargo, como refriere Rogelio Villarreal, los extremos terminan  por tocarse en algún punto; y es justo ahí en donde confluyen tanto los fans como los detractores, los deudos y los deudores, los conocedores con los neófitos, y en fin, desde las “buenas consciencias” (los típicos esnobistas de Aeropuerto) que siempre suelen oficiar de plañideras sin sueldo respecto a determinada figura pública, hablando del finado como si lo trataran de a diario (cuando nunca se tomaron la molestia de leer, o el comprar de motu propio, alguno de sus libros) así como quienes conocieron al personaje en vida y obra; es decir, lo suficiente para aquilatar su valor independientemente de sus fallas personales, que nunca faltan, respecto a la celebridad en cuestión.
Como era de esperarse, todo lo anterior vino a repetirse esta semana con fallecimiento del eterno prófugo de Macondo: Gabriel García Márquez.
Y es aquí donde volvemos a toparnos con el síndrome del velorio; ese sahumerio tan inoportuno como poco original, cuya humareda nociva nos oculta al escritor con todas las luces y sombras que le acompañaron como equipaje.
En abono a García Márquez siempre se le agradecerá la sacralización definitiva del “realismo mágico” como el elemento metaliterario que puso a América Latina nuevamente en el mapa y a la vanguardia frente a los escritores de la escuela europea, con Camus, tanto como los de la norteamericana con Faulkner; hecho que no se repetía desde Rubén Darío.
No obstante reconocido deudor de Juan Rulfo, a quien definiera como su parteaguas definitivo tras escribir “Cien años de soledad”, se le increpa con justicia—por su adhesión a cierta superchería política—su complicidad con la Dinastía absolutista de los hermanos Castro en Cuba (con el Archiduque Fidel y con el Príncipe Regente) lo mismo que su contubernio con las FARC como organización terrorista, quienes solían agasajar al Gabo con exquisitas viandas que él y “Tiro fijo” degustaban tranquilamente, aún sabiendo que a menos de treinta metros de su mesa había hombres y mujeres secuestrados en condiciones infrahumanas.
No obstante lo anterior, con todo y sus errores, el colombiano que quiso morir en México merece al menos un reconocimiento por parte de sus amantes tanto como de sus detractores por igual; el de la perseverancia en cuanto a sus filias, si se le escatima el mérito, o al menos la singularidad que representa el valor de su obra por sus aportaciones al mundo de la literatura, pese a esa tozudez (o dogmatismo ideológico dirán algunos) sumamente ecléctica, por lo incongruente que fue mientras vivió, cosa que no le es exclusiva como vicio y que también puede increpársele con justicia a muchos “intelectuales” comodinos de su generación—hasta de su propio grupo—como Octavio Paz, Elena Poniatowska, o incluso Carlos Fuentes antes de Enrique Peña Nieto.


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