Verdad Amarga

Francisco Villa, ¿astronauta?

Dentro del bajo mundo que compone nuestra clase política mexicana, no cabe  duda que la más folclórica en esa muestra zoológica es la que integran los legisladores de todos los partidos por su insensibilidad e ignorancia cuando presentan propuestas vergonzosas, a fin de aparentar justificar lo que cobran (como lo hicieron con las “reformas”) o ya entrados en materia de educación pública, como lo es la enseñanza de la Historia en nuestro país.
En cuanto a este último caso, a todos nos tocó vivir las pésimas coordinaciones que tanto en el Senado como en el Congreso de la Unión conformaron, de manera alterna al entonces titular del Poder Ejecutivo, durante las celebraciones del Bicentenario del inicio de la Guerra de Independencia y cien años del la Revolución Mexicana, distinguiéndose los tres acaso por la misma mediocridad, el pésimo mal gusto y los muy magros resultados.
Desafortunadamente, en esta arena, la experiencia vuelve a repetirse con muy mal tino y como muestra de que el Poder Legislativo, al menos en su mayoría, sigue configurado igual o peor que el que presidiera tantas vergüenzas en las muy tristes conmemoraciones del 2010. Justo en el marco del mes de noviembre, cuando el calendario oficial se presta para celebrar los frutos de “100 años de Democracia y Justicia Social”, el Senado de la República aprobó una modificación a la Ley sobre el Escudo, la bandera y el Himno Nacionales: no para devolver su dignidad original a nuestro escudo, alterado desde 1917 por la facción carrancista—cuando a instancias de la Casa Blanca(el que paga, manda) se “sugirió” la degradación de nuestra imponente águila real mexicana, con las alas abiertas, a la mísera gallina de corral que hasta hoy ostentamos— para que no rivalizara con el águila presidencial norteamericana; tampoco para que los niños y los estudiantes aprendieran el Himno con sus diez estrofas y sin las mutilaciones impuestas por Ávila Camacho, reduciéndolo a solo cuatro, sino para hacer obligatorio(así es, obligatorio) el izar la bandera a toda asta cada 5 de junio para honrar el nacimiento de Francisco Villa, con 7 votos en contra y una abstención de por medio.  Por la polémica que el personaje suscita, pese a ser elevado a los altares del poder político desde la década de los sesentas, lo anterior no parece la mejor manera de que los legisladores se saquen la espina por su abominable contubernio ante el remedo de reformas que votaron en perjuicio de sus representados, y menos tratándose de quien inició como “revolucionario” para terminar sus días como el veleidoso señor feudal que amagaba a Parral desde su hacienda; o del hombre que quemó viva a una mujer en Satevó, Chihuahua; o de quien arrasó con los habitantes de San Pedro de la Cueva, Sonora; a los que resentido por su derrota en Celaya, ordenó diezmar “nacidos y aún por nacer”.
Pero a estas alturas poco debe extrañarnos por parte de quienes desde su ignorancia y  orfandad moral creen alterar la realidad a capricho: nombrando a la virtud vicio, y declarando “beneméritos” o “héroes” a personajes torvos, con la misma hilaridad con que cualquier enfermo mental puede llamar a alguien astronauta, incendiario, reaccionario o  comunista.



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