Verdad Amarga

Fidel Castro y el basurero de la Historia (1926-2016)

Cuando John Reed publicó Diez días que estremecieron al mundo en 1919, captó la lucha entre bolcheviques y mencheviques; esto es, entre quienes como revolucionarios pugnaban por la simple sustitución de un “mal” por otro y quienes buscaban un sistema incluyente y democrático como nuevo estado de cosas. Y es en vísperas del triunfo absoluto, tras la toma del Palacio de Invierno, cuando Trotski fustiga a Martov con una metáfora lapidaria: condenándolo al “basurero de la historia”; al sitio de desechos destinado para los perdedores. Lo que nunca o rara vez queda suscrito es la respuesta que el “desechado” revira proféticamente a Trotski: “Un día comprenderás el crimen en que estás participando”.

Irónicamente, ambas respuestas y roles como víctima y verdugo, aplican perfectamente al difunto Fidel Castro Ruíz. Sin duda alguna, después de la Reina Isabel II, pocos líderes o jefes de Estado han sobrevivido históricamente lo mismo al golpe que representan tantos cambios y hasta el salto de un siglo a otro como “nuevo estado de cosas”. 

Sin embargo, también pocos como él han traicionado tanto y a muchos, empezando por él mismo: ya desvirtuando una revolución que se vendía como libertadora, ya anulando su promesa de convocar cuanto antes a elecciones libres o degradando al mismo país al que pretendía representar,—despojándolo de su dignidad y autodeterminación por medio del hambre y del miedo—convirtiéndolo en una mezcla entre  parque jurásico y cárcel donde la libertad tanto como el derecho eran silenciados con plomo o desapariciones forzosas, legitimándolo todo en nombre del más absurdo dogmatismo ideológico (impuesto por las bayonetas como nuevo credo de Estado) en tanto familiares y miembros del régimen gozaban como privilegios de todas aquellas libertades, bienes y derechos de Occidente capitalista que escatimaban a sus gobernados.

Recordaba un escritor cubano como en 1991, tras los vientos de la Perestroika en la Avenida Puerto en La Habana, le tocó ver un contenedor de basura desbordándose con las obras completas de Lenin. Algún transeúnte se acercaba, cogía un tomo, lo hojeaba, pensaba un instante y lo devolvía al basurero. Esperamos que la escena se repita y que lo mismo ocurra pronto con su legado por parte del mismo pueblo al que defraudó y secuestró durante tanto tiempo. 


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