Verdad Amarga

Faena legislativa IV

No cabe duda que la ciencia, algún día, triunfará: como sistema a la par multifacética e interdisciplinaria. Y uno de sus triunfos consistirá seguramente en la decodificación del ADN correspondiente a aquél segmento del reino animal al que pertenece esa especie dentro de la cual identificamos a los políticos mexicanos. El simple hecho de encontrarnos ante este legítimo descendiente de los dinosaurios—por desgracia, no en peligro de extinción—nos brinda la posibilidad de erigirle museos para mostrar sus huesos entre mármoles y bronces, con toda la parafernalia de los próceres, o zoológicos en donde niños y adultos podrán pagar la entrada para contemplar, seguros de preservar tanto su integridad como su billetera, a dichos especímenes con un plus: en vez de ostentar la tipografía en donde se explica la denominación científica junto con las habilidades (que en este caso serían nulas) del animal contenido tras las rejas con señalética multicolorida, de acuerdo con aquél rosario de términos heredados por la biología, sumamente trillados o francamente aburridos, tales como “australopitecus” o el de “homo habilis”, estos serían sustituidos por frases folclóricas como “La patria es primero”, “el respeto al derecho ajeno es la paz”, “Si hubiera parque, no estaría usted aquí” o incluso alguna tan célebre y hasta portentosa como “Después de mí, el Diluvio”.
Sin lugar a duda, esta última sobre todas las anteriores iría muy en tono con ese exoesqueleto metafísico e indivisible llamado ego, tan propio de nuestros diputados y senadores, mismo que por su tamaño hipertrofiado escapa a la vista del ojo humano debido a que por regla general se mueve más allá de la velocidad del sonido (en jet privado, a cuenta del erario público).Y dado que la metafísica no avoca más saber que el que desentraña la desnudez del alma, a falta tanto de alma como de cerebro, es que podremos ver repetirse más de una vez en estos sitios, toda la serie de espectáculos y piruetas propias de la historia circense como aquel que nos brindara el diputado Antonio García Conejo, desnudo de argumentos, quitándose la ropa en pleno salón de sesiones; o el de la diputada Layda Sansores, soltándose la lengua con una prosa poética a la altura de un ensayo de Octavio Paz, recordándoles a la autora de sus días(recelosa de no tener una propia) al resto de sus compañeros de curul para volver inmediatamente a ocupar su sitio, coronando su discurso con el mismo celo patriótico que, por su cargo como representante popular, le merecen todos los mexicanos justo cuando “la soberanía peligra”: jugando Candy Crush en su iPad.
Y una vez que reparamos en lo anterior; esto es, en la superchería ideológica con la que nuestra fauna política comulga, es que comprobamos con no menos espanto lo que de antemano hemos visto durante las últimas semanas dentro y fuera del Congreso de la Unión: que quienes lloran por la llamada “reforma energética” son tan congruentes en lo que dicen como inconsecuentes en lo que hacen, más allá de lo que se supone que “piensan”, y algo mucho peor: que siguen creyendo en todos aquellos mitos, cómics y leyendas impartidas como dogma en las clases de Historia que todavía se les imponen desde la SEP.


enrique.sada@hotmail.com