Verdad Amarga

Escocia y Cataluña: nada en particular

Quienes veían desde la Madre Patria la ocasión para especular y capitalizar por lo que iba a verificarse en Escocia la semana anterior, ahora han tenido que ceñirse a la realidad, y seguramente buscar mejores “argumentos” (que como tales, sonaban a excusas) para intentar recalentar la idea de independizar a la Generalitat en beneficio de las oligarquías localistas, y es que con la intentona de equiparar lo que otrora fuera un país independiente con una provincia de la Monarquía Española no solo abusan de la buena fe de  quienes pretenden convencer de lo contrario; también atentan contra la inteligencia y la memoria de los peninsulares tanto como del resto del mundo, al igual que con los bonos de la deuda pública de Cataluña. En primer lugar, por lo que respecta al caso de Cataluña nada tiene que ver con lo que fuera el antiguo reino perteneciente a la dinastía de los Estuardos, puesto que la nación española nació con Leovigildo, rey de los visigodos, cerca del año 570; y como Hispania, su toponimia bajo este nombre ya es plenamente identificada como tal desde el tiempo del Imperio Romano. Aún y cuando la invasión mahometana obligara a disgregar lo que ya estaba unido, en pos de supervivencia, el hecho de compartir una misma cultura identitaria forjó un espíritu de unidad que persistió como tal, haciendo posible la Reconquista y la expulsión de los moros tras la unión de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón como soberanos de un mismo reino. Si la sola esencia de la hispanidad o el ser peninsular se hubiera limitado simplemente a cierta toponimia geográfica al interior de la misma, el espíritu secesionista se hubiera manifestado vivamente desde aquel tiempo, formándose una serie de naciones independientes con su propio idioma—salvo el caso de Portugal como reino con Don Alfonso Henriques I, desde el año 1025, peleando su propia lucha contra la invasión musulmana—y una serie de elementos socio-culturales que habrían impuesto el aislacionismo; pero no fue así. Y Cataluña, desde entonces, ni fue ni quiso diferenciarse como un solo reino puesto que se asumió a plenitud como una parte integral de la misma España desde el Medioevo hasta ya entrada la Edad Moderna. Por el contrario, la impostura de querer vender la idea de un falso nacionalismo catalán (entre otros) proviene de las oligarquías regionalistas de finales del siglo XIX; de hombres desleales que ante los embates por la pérdida de Filipinas y las Antillas como parte del reino, apostaron por sus propios intereses y a sus bolsillos en pretender sacar su propia pesca en río revuelto y bajo la misma ominosa etnolatría que empañó de sangre y con vergüenza la primera mitad del siglo XX con una Segunda Guerra Mundial. De aquí que si alguna lección histórica queda en el triunfo de la unión de Escocia e Inglaterra tras el pasado referéndum para los politicastros segregacionistas es que el Bien Común debe de estar por encima de intereses mezquinos, que la soberanía popular debe de prevalecer sobre el capricho, y para los secesionistas por igual tanto en la Generalitat como en el País Vasco, seguir el mismo camino que Alex Salmond tras conocer los resultados en Edimburgo: con memoria y dignidad. 


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