Verdad Amarga

Deturpando al Porfiriato

Colgada del calendario cívico y de la fama de un grande como lo es su hermano, pero anclada al oficialismo más servil y rancio, al igual que aquellos mercenarios a sueldo del “pensamiento único” (El No Pensamiento) que como dogma aún se impone vía SEP-INHERM, desde Los Pinos, Patricia Arriaga vino a perder una gran oportunidad al despreciar los libros y seguir los cómics, al inclinarse ante la apuesta por el refrito en vez de la investigación a fondo, en su intento fallido por retratar nada menos que a uno de los personajes más grandes y polémicos que ha habido en nuestro país: Porfirio Díaz Mori.

Si de algo no cabe la menor duda es que el momento histórico para realizar un acercamiento veraz en torno a esta figura era perfecto, dado el hecho de haber sido este el año en que se celebrara el primer Centenario de su muerte: justo cuando el Gobierno del Estado de Oaxaca conmemoró a esta figura mítica, extendiendo solicitud formal para repatriar sus restos, con honores, desde Francia; y cuando en Orizaba; Veracruz, se le erigió una muy merecida estatua—entre los aplausos espontáneos del pueblo y el desgarramiento de vestiduras por parte de algunos pseudo revolucionarios trasnochados—a quien en vida hiciera tanto por modernizar al país lo mismo que a aquél Estado Heroico que se ostenta como Puerta de México para el mundo.

No obstante, el desaprovechamiento de esta oportunidad es más que evidente cuando uno contrasta esta experiencia con las series de Ernesto Alonso, aunado a las brillantes actuaciones de Humberto Zurita y Manuel Ojeda—que interpretaron al Héroe de la Paz y del Progreso—no solo por la paupérrima calidad de esta producción que ni siquiera fue financiada en México (la Patria de Díaz) sino desde los Estados Unidos  (el país que contribuyó a su derrocamiento, por no plegarse al dogma del “Destino Manifiesto”).

Y lo anterior se explica como el precio a pagar por hacer negocios con una cadena tan poco seria como el Discovery Channel, cuando no hay más propósito que hacerse de esos quince minutos de fama warholianos: matando de sueño al teleauditorio, con un producto mediocre en el mejor de los casos.

“Lo bueno, si breve, dos veces bueno” reza el adagio de Baltazar Gracián. Sin embargo, 45 minutos se vuelven eternos cuando se subestima y sacrifica al espectador con espectáculos como este. 

Lo peor es que en su página personal, Arriaga amenaza con volver a hacer lo mismo, tomando como rehenes a otros dos personajes tan entrañables como satanizados por la historiografía “oficial” (al servicio de Washington): con Maximiliano y Carlota de México.


enrique.sada@hotmail.com