Verdad Amarga

Democracia INExistente 2

Desde su inauguración en la primera mitad de los noventas, como estamento de vanguardia conforme  con la exigencia de los tiempos y la presión del contexto internacional—empezando por el TLCAN y siguiendo con el inolvidable Bruno Delaye y la firma del Tratado con la comunidad Económica Europea—más que una dádiva del régimen o una conquista social del pueblo, México contó con un Instituto Federal Electoral que, con un académico de altura como José Woldenberg a la cabeza, sentó las bases para lo que se anunciaba como el auténtico despertar de una conciencia ciudadana que, a través del sufragio universal, logró la alternancia en la jefatura de Gobierno del Distrito Federal (con Cuauhtémoc Cárdenas en 1997) y finalmente, lo que se vendía como la máxima conquista imaginable cuando el 2 de julio del año 2000 el viejo régimen perdía la Presidencia de la República ante el fenómeno avasallante que fue Vicente Fox Quesada.

Todo parecía miel sobre hojuelas y anticipaba una cultura democrática hasta el adiós de Woldenberg y la llegada de Luís Carlos Ugalde, un legalista  timorato, a quien por falta de carácter se increpó con la cantaleta de “fraude” durante las elecciones del 2006, amén de la excusa o justificación de un candidato convertido desde entonces en eterno suspirante a ocupar la silla presidencial. 

Pero lo peor estaba aún por venir, y la experiencia misma nos lo vino a refrendar con la designación de un corrupto como Leonardo Valdés Zurita—producto de la concertacesión y las componendas de todos los partidos políticos—cuya imagen terminó tan evidentemente comprometida, amén de la imparcialidad del instituto, tras las elecciones federales del 2012.

Ahora, como hijo y reflejo de esa misma partidocracia, el IFE cambió de siglas pero no de vicios  ni de rumbo—cuesta abajo, en su rodada—al asumir la dirección  Lorenzo Córdova, quien destaca por dos cosas: por su desprecio a los indígenas, mofándose de ellos tras reunirse con representantes de varias etnias mayas en Chiapas; y por su cinismo e hipocresía,invitando a Rigoberta Menchú,Premio Nobel y activista indígena (de origen maya-guatemalteco), acreditándola como observadora para los próximos comicios.

En un país semi-civilizado, esta falta  habría terminado con la renuncia inmediata del funcionario, y más tratándose de un país mestizo cuya honra cabe comofruto de lo mejor del Viejo y del Nuevo Mundo. Sin embargo, en México la falta sigue impune dado el origen del nombramiento de Córdova; esto es, por parte de la misma clase política que patenta igual o más desprecio por sus ciudadanos.


enrique.sada@hotmail.com