Verdad Amarga

¿Cien años del Ejército Mexicano?

Como es de costumbre en México, por no decir que se trata de una tradición muy generalizada, persiste la tendencia a rechazar la realidad. Este fenómeno ideosincrático como actitud suele implementarse por partida doble; tanto por parte de los hombres como desde las instituciones, o peor aún: por cuenta de los hombres que rigen al país desde nuestras instituciones--implementándose, a su vez, una especie de círculo vicioso o de mancuerna si es que tomamos en cuenta, por su naturaleza misma, el vasallaje que desde la administración pública se ejerce sobre un gran porcentaje de quienes constituyen nuestra población, sin dejar olvidar el adoctrinamiento que esta masa ha venido padeciendo «oficialmente», desde hace más de ochenta años, por parte del Estado.
En este caso, valdría la pena señalar la diferencia entre educación y adoctrinamiento, pues la delgada línea roja que separa a ambas suele confundirse fácilmente si es que no reparamos en que son tan consecuentes como el día lo es de la noche. Aún y cuando el texto de la Constitución Mexicana de 1917 establece por decreto el que la educación es una obligación del gobierno para con sus ciudadanos, en ningún momento establece parámetros para medir la calidad de la instrucción pública, ni brinda los elementos que la distingan siquiera como racional o provechosa, por las herramientas que en teoría, pudieran configurar su contenido general.
Por el contrario, si para algo ha servido y sigue sirviendo la educación impartida por ley es precisamente para evitar contar con ciudadanos pensantes, así como para legitimar por medio del discurso (carente por completo de elementos racionales o que resistan al escrutinio del mismo) a la dictadura emanada de la «revolución triunfante» a partir de la década de los años veintes del siglo anterior.
Así pues, desde los postulados del viejo régimen se vende la idea de un renacimiento de todas las cosas, por generación espontánea, a partir del mito revolucionario, sin importar las evidentes limitaciones que esta postura o visión de cómo sucedieron las cosas significarían en lo posterior, precisamente por la debilidad sobre la que se construyera el andamiaje para dicho discurso. Y uno de los apartados en donde la realidad viene a ser sustituida o trastocada por la ficción queda expuesta a la hora en que se conmemora el 24 de febrero tan solo como el «Día de la bandera», o cuando el gobierno federal se empecina en celebrar «Cien años del Ejército Mexicano». En ambos casos se apuesta por la mentira, o lo que es lo mismo, por la desmemoria histórica: en el primero, como es de suponerse, se pretende  borrar de un simple plumazo el día en que el Libertador Agustín I de Iturbide proclamó el Plan de Iguala junto con las Tres Garantías emanadas del mismo y que conforman hasta la fecha los colores de nuestra bandera nacional (también obra de la mano de Iturbide); en el segundo por su parte, se pretende que nuestras fuerzas armadas, que nacieron a partir del mismo Ejército Imperial de las Tres Garantías (en 1821) no existieran antes de la llamada Revolución Constitucionalista, para evitar hacer referencia al hecho de que esta institución se hallaba consolidada como tal a partir del ejército porfirista de donde no emanó Obregón pero sí un Felipe Ángeles, hecho aparentemente incómodo para los vencedores de esa guerra entre pandillas que se desató sobre el país tras el asesinato del presidente Francisco I. Madero en 1913.
Por lo tanto, quienes con dolo o por desconocimiento de causa se aprestan a celebrar las cosas tal y como nos las vende el gobierno federal, muy flaco favor le hacen a la verdad y poca justicia le brindan al Ejército Mexicano; acaso una entre las pocas instituciones legítimas y funcionales que aún quedan vigentes.


enrique.sada@hotmail.com