Verdad Amarga

Caminos de Michoacán

En 1651, hace casi cuatrocientos años, Thomas Hobbes asentaba al publicar “El Leviatán” como es que el origen de las sociedades no se debe a un mero acto luminoso, producto de la benevolencia, sino al temor mutuo entre los hombres. Lo anterior sin duda debe de ser tomado en cuenta en su contexto—espacio y tiempo—que no era otro que el de la más absoluta oscuridad y anarquía, tal y como lo fue el de la guerra civil inglesa, como precedente a la decapitación de Carlos I, y el de la llamada “república inglesa” bajo la tiranía de Oliver Cromwell. De lo anterior se infiere, retomando el axioma, como es que el horror a la inseguridad y el natural rechazo a la amenaza que representan el abuso y la ley del más fuerte, es que los miembros de una sociedad, estado o nación terminan por consenso en transferir buena parte de su potestad y soberanía en la figura de un Gobierno y en la persona de un Príncipe o Jefe de Estado. De modo que desde aquél entonces, es esta figura personal la que en la práctica termina asumiendo la responsabilidad de contener las bajas pasiones de los individuos y los excesos o inoperancia de las instituciones, evitando que estas se desborden o que los ciudadanos se destruyan entre sí, a través de lo que el filósofo británico denomina como el monopolio de la violencia legítima, en tanto corresponde al gobernante la labor de hacer valer la Ley para todos. Y este poder exclusivo, llámesele prerrogativa o privilegio, deviene del mismo modo que sucede con el cargo: emana del pueblo llano y le es conferido, bona fide, en aras de algo por encima de todos, que es el bien común.
Pero existe también la contraparte de este axioma, circunscrito en tiempos en los que la raíz de toda soberanía era discutida en plena guerra de todos contra todos: cuando el estado fracasa en preservar el bien supremo, que es la salvaguarda de la seguridad y la vida de sus gobernados, este privilegio le es rescindido; pierde legitimidad (su razón de ser) y bajo el imperio de la necesidad termina siendo derrocable.
Lo que hoy sucede en Michoacán es vivo ejemplo de todo lo anterior; es la teoría política llevada a la praxis, y una muestra de lo que ha venido sucediendo en México desde hace tres sexenios en los que la falta de voluntad del presidente de la República, la inercia de instituciones corrompidas y la ausencia de coordinación entre el Ejército y la ciudadanía, terminaron por entregarle nuestra seguridad, nuestro futuro y nuestras vidas a esa minoría que constituye lo que hoy conocemos como crimen organizado.
En este contexto, el levantamiento de las autodefensas en la entidad se entiende ahora como un llamado cuantificable en los hechos (más allá de la retórica ditirámbica de Osorio Chong o el pataleo de Fausto Vallejo) en tanto 7,000 hombres y mujeres han logrado en pocas semanas lo que el gobierno dejó de hacer en siete años, como refiere Javier Sicilia.
Y así, frente a un Estado rebasado o en contubernio con la delincuencia, hoy se levanta un estado de los 31 que componen el país para reasumir simplemente la soberanía que había depositado sobre quienes han defraudado la confianza de todos los mexicanos, haciendo de Michoacán, cuna de Iturbide y de nuestra Independencia, un ejemplo de dignidad nacional.


enrique.sada@hotmail.com