Verdad Amarga

Bandoleros y rebeldes cabalga de nuevo

Entre las pocas cosas rescatables del año que se fue, sin duda una de ellas fue la publicación y reedición de tres libros: Quemen Barcelona de Guillem Martí (novela histórica), La sangre al río de Raúl Herrera —también novela histórica— y la segunda vuelta de uno de los mejores libros que se han publicado sobre los prolegómenos de la llamada “revolución mexicana” y sus saldos posteriores: Bandoleros y rebeldes, del historiador Reidezel Mendoza.

Renovada, corregida, aumentada y desafiante, vuelve la obra de Reidezel Mendoza; la misma que publicó y trató de vetar caciquilmente el propio gobernador César Duarte, cabalgando con más de mil citas archivísticas y documentales, engrosando ciento cincuenta páginas más y en un solo tomo (a diferencia de la primera edición, partida en dos) arrojando nuevas luces; ya refutando el discurso político del historiador británico Eric Hobsbawn —artífice de la teoría del “bandolero social”, a quien justifica y legitima a partir de la figura mítica de Robin Hood— abordando también la leyenda dorada entretejida en torno a célebres bandidos y asaltantes durante el porfiriato tardío como Heraclio Bernal “El Rayo de Sinaloa”, Ignacio Parra, Rayo Sauceda, Francisco Villa “el zacatecano” y sobre todo, Doroteo Arango antes y después del estallido del movimiento armado en 1910.

En el caso de este último personaje, quizá por ser el más hipertrofiado y vendido de manera vil e inescrupulosa por la clase política gobernante y sus comparsas “oficiales”, las pesquisas de este joven historiador llegan a derribar una serie de mitos y lugares comunes, (empezando por la supuesta violación de su hermana Martina, que esgrimía como justificación personal), entre mentiras completas y verdades a medias urdidas en torno al hombre y aún por el mismo hombre que supo llorarle de rodillas a Victoriano Huerta, suplicando le perdonara la vida, pero que nunca extendió esa misma merced a sus víctimas: ya fueran las más de cien soldaderas que él quemara vivas con keroseno en Camargo, la trágica Carlota Bastida o los mismos pobladores de San Pedro de la Cueva —los nacidos y aún por nacer— a quienes masacró sin piedad, resentido por haber perdido la batalla de Celaya contra Álvaro Obregón, como hiciera en muchos otros casos en su muy habitual sed de sangre.

Sin duda un libro que en esta segunda edición, complementando la obra de Frederic Katz, viene a remover tanto a las “buenas consciencias” acomodaticias como a los defensores a sueldo del “pensamiento único” (El No Pensamiento), lejos de sus hemiciclos y butacas.


enrique.sada@hotmail.com